martes, 22 de julio de 2014

La bailarina



La danzarina bailaba,
al compás del soniquete
que, en sus oídos, narraba
unos sones que le anclaba,
como si fuera un grillete.

Subida en ese poyete
¡pierna en alto!, bailarina,
dando vueltas al minuete,
que los años desafina,
en la cajita de China.



Presentado al II Concurso de Micropoemas TRANSpalabr@. Musa Cafeina. 2014

La partida de mus


Convencido de querer permanecer más tiempo en este mundo, decidí dar un uso, más provechoso de momento, al mausoleo que había heredado de mis antepasados.

Mi cuadrilla de amigos y yo mismo, estábamos hartos de deambular por los bares del barrio, abarrotados siempre, para poder echar unas partiditas de mus; nuestra "loca" pasión; y de la cual, por cierto, cada uno de nosotros somos el mejor jugador del mundo, mundial. Claro está, a nuestros propios ojos.

Y lo uno se juntó a lo otro y, respetando el horario municipalmente establecido para acceder a las instalaciones, adecentamos escoba y fregona en ristre, aquél espacio, ahora vacío, destinado, en un futuro, a ser el descanso de mis reumáticos huesos.
Lo estrenamos, una vez provisto de mesa y sillas, con una solemne, el lugar lo imponía, partida de mus. Y comenzamos:

- Paso.
- Hasta mi compañero.
- Adiós...
- ¡Se fue!.
- Paso.
-¡Envido!.
- ¡Órdago!.

Y antes de que el  compañero de juego pudiera contestar, desde lo más profundo de la ultratumba, una voz cavernosa contestó:

-¡ Quiero!.....¡Jajajaja!....



Presentado al II Concurso de Microrrelatos TRANSpalabr@. Musa Cafeína.2014


  

lunes, 21 de julio de 2014

Si sumamos



Querido niño, quiero enseñarte
que no es un higo, que sí es un arte
la sumatoria; has de fiarte,
te dará gloria, en vez de liarte.

Si sumas otro y agregas uno,
 no sea potro, no seas tuno,
sumarán dos, pues le aúno
¿son complicados? quizás alguno.

Cuando comienzas, pequeño infante,
todo son trenzas en que rizarte,
pero estas tablas, cuando las sepas,
no son diablas, no las discrepas.

Si uno le sumas, al dos de antes
y me les juntas, tal vez, tú cantes:
que tres tenemos, ¡eres gigante!,
pues seguiremos, paso adelante.

No te acobardes, no te reprimas,
no, no, ¡no tardes!, no, no, ¡no gimas!
mira que es fácil, ya te aproximas,
ya ves qué hábil, ¡no te deprimas!.

Con otro, ahora, tenemos cuatro,
ave cantora , en anfiteatro,
¡qué bien lo haces!, yo te idolatro
tal vez convenzas al chiquilicuatro.

Si tenaz sigues, como Pitágoras,
si lo consigues y te doctoras,
la vista vuelvas, a aquellas horas,

y nos absuelvas, de estas doloras.


Presentado al I Concurso de Poesía Matemática "Antonio Arroyo Valera. Ediciones entricíclopes. 2014
 

jueves, 17 de julio de 2014

El Caballero


Llovía intensamente; el andar cansino del jamelgo por la hambruna del camino, le hacía zarandearse en la silla de montar.

Calado hasta los huesos, cubría las últimas leguas camino de su punto de destino, en una ciudad castellana.

Paró en una Casa de Postas junto a la vía que le llevaba a la ciudad y  ya muy cercana a ella.

Prefirió  entrar a comer unas sopas de ajo, regadas con un buen "caldo" de la zona y reponer, un tanto, sus escasas fuerzas. De paso, tan necesitado como él o, incluso más, su flaco caballo podría desbrozar algunas brazadas de alfalfa con las que poder recubrir algo, la envoltura de sus huesos.

Había poca gente para comer. Mucho transeúnte suelto que se acercaba a por un cuartillo de vino y seguir con sus quehaceres diarios; jornaleros del campo o de la incipiente industria harinera.

Le sirvieron rápido y, con el calor reinante en la  fonda, tuvo que hacer grandes esfuerzos para no quedarse dormido sobre la propia banqueta en la que se sentaba. Los ronquidos de tres o cuatro comensales cerca de él, sonaban, cual canción de cuna, en su cansada cabeza.

Un par de ayudantes del alguacil de la ciudad, acababan de entrar en la posada a por su "cuota de vino reglamentaria" y   cruzaron una mirada, entre inquisitoria y hostil, con el caballero. Lo dejaron pasar;  no hacía un día como para recorrer las calles, encharcadas y llenas de barro de la ciudad, hasta el cuartelillo más próximo, con un detenido que denotaba cierto aire, en su mirada y en su porte, de poder ser de una casa noble; lo que, sin lugar a dudas, si le arrestaban les traerían problemas. Salieron, de nuevo, hacia el desapacible día.

Cuando logró desperezarse de la modorra adquirida tras la comida, salió de la fonda, se acercó al cobertizo que había servido de protección a su caballo, le acarició un par de veces y, con renovadas energías, saltó sobre su grupa, le mantuvo al paso y le condujo, otra vez , a seguir la ruta marcada.

En un movimiento reflejo, se llevó la mano al pecho, bajo la cota de malla y palpó un pequeño bulto que llevaba colgando de una fina tira de cuero. Seguía allí.

A medida que se acercaba a la villa, el trasiego de carros, dificultaba más y más su avance; teniendo que sortearlos constantemente. La larga cola era motivada porque todos los transeúntes foráneos debían de pagar por entrar en la ciudad.

Se fue acercando, lentamente hacia la entrada, sin forzar la marcha de su caballería.

Pagó su moneda en el portón y, sin prisa pero sin pausa, recorrió las calles de la ciudad casi anocheciendo y con menos luz por el cielo plomizo que no dejaba de derramar agua.

Llegó a su destino. Frente a él apareció la coqueta iglesia de pasado románico, pero que, por  seguir en construcción, empezaban ya a usarse piedras y arcos del más inicial estilo gótico: Santa María La Antigua.


Descabalgó. Ató  al caballo en una argolla clavada en un tocón para tal efecto y entró en la iglesia. Se inclinó, levemente, al cruzar frente al altar y en el otro extremo buscó, en la penumbra, la tumba que rastreaba. Su padre había fallecido mientras él guerreaba contra los moriscos y, de vuelta a casa, en el saquito que le colgaba del cuello, se encontraba el sello nobiliario familiar que, según su tradición, debía ser bendecido en la iglesia donde, desde tiempos ancestrales, se había hecho en su familia.



Presentado al II Concurso de Relatos Románico Digital. Fundación Santa María la Real. Aguilar de Campoo. (Palencia)

martes, 15 de julio de 2014

Dieta



Comenzamos a sentir cuando nacemos
que el camino que nos queda por delante
deberíamos tomar con buen talante
si queremos llegar donde debemos.

Los primeros instantes absorbemos
la leche maternal tonificante
que engorda nuestro cuerpo incesante
siendo el único manjar que beberemos.

A medida que, en los meses, engordemos
nuestra dieta se hará más expectante
con papilla de frutas exultante
que será lo principal que comeremos.

Pronto cambia esta dieta y tragaremos
buena carne y pescado mordisqueante
por los dientes, aún pequeños de delante
y verduras que nos hacen, no hacemos.

Así vamos, a lo largo del sendero,
ampliando nuestro espectro manducante
con tiento o sin tino inquietante
por cuidar nuestra figura con esmero.

Los años se concentran en distraernos
con continuo despilfarro y, muy constante
la salud se resquebraja y en menguante,
por no seguir, del médico, el consejo.

Al final, como ángel, volveremos
a verduras y papillas aplastantes
pues, los dientes no serán ya como antes
y postizos, casi siempre, los tendremos.



Presentado al II Premio de Poesía "Andrés Mirón". Ayuntamiento de Guadalcanal (Sevilla)

viernes, 11 de julio de 2014

En la sangre


Se puede o no estar de acuerdo. Allá cada cual. Sólo respeto. Cohete al aire, toriles, pastores que espolean, mansos que marcan camino con sus grandes esquilones sobre sus gargantas; toros que empujan y corren con fuerza diciendo: "aquí estamos". Mozos que se arremolinas sobre ellos, buscando el hueco apropiado, para hacer su corta pero explosiva carrera; empujones, codazos caídas; resbalones de los toros, montoneras, más caídas, puntazos...sangre.
Periódicos que encelan al toro reconduciéndole en el sentido de la marcha; despistados, insensatos...valientes. Voces de angustia que salen desde las talanqueras; madres que no miran; novias que lloran, calladamente;  es lo que les corre por las venas a sus mozos... silencios. Callejón; explosión al entrar en el coso. Dobladores que, con maestría, llevan a los morlacos a sus toriles... a otros toriles... a los de la espera de la hora de la verdad. Ha sido rápido el encierro; no hay heridas por cornadas; algún pequeño puntazo.

Hoy, las madres, novias y esposas, ríen...hoy, algún mozo también. Hasta mañana.


Presentado al XI Concurso de Microrrelatos sobre "El Encierro" 2014. Asociación Cultural El Encierro. San Sebastián de los Reyes. (Madrid)
 

domingo, 29 de junio de 2014

Fe, la zapatera



La recuerdo siempre con la misma edad. Esa edad indeterminada, no joven pero no mayor, entre dos aguas. Ese era su aspecto; como parado en el tiempo. El color del pelo no desvelaba nada en absoluto; pues, desde muy pequeño le evoco de un tono negro entre cano; hacia atrás y relativamente corto o media melena a veces;  las cejas muy pobladas, ojos grisáceos, cara redondeada y un lunar en su mejilla derecha.

Ésta era Fe; Fe la de "La Casa de la Goma", como rezaba el cartel de su zapatería. Adornaba sus estropeados ojos, cansados de trabajar y de hacerlo durante muchas horas, bajo luz artificial, unas gafas, en cuyos cristales se advertían infinidad de cicatrices fruto de las salpicaduras de los pegamentos utilizados, altamente corrosivos, y de las virutas  que rebotaban en ellos, cuando pulía los diferentes tipos de materiales.
Reunía, además de una gran destreza y honestidad profesional,  otra faceta más intrínseca a la esencia del ser humano: la bondad.

Seguramente por eso, su local,  venía a ser un centro social en el pueblo. En él había gente permanentemente, algunos comprando y casi todos al olor el último cotilleo o chisme que circulara, por el pueblo, sobre tal o cual "veraneante", o de cómo iba Fulanita en la fiesta de la noche anterior dada por la "Paparda"; que era  como llamaban allí a la gente adinerada de las grandes ciudades.

Si querías enterarte de quién se había muerto, cinco minutos antes de que lo anunciaran con su lúgubre tañido las campanas de la iglesia de San Cristóbal, alguien que había pasado por la tienda lo había soltado como queriéndolo dejar "pinchado" en los corchos que vendrían muchos años después. Eran las formas de la época.

No sólo se reunían mujeres, no; he visto y oído a muchos hombres pasar y dejar recados para terceros; o comentar que, como estaba la mar, esa mañana iba a ser imposible salir de pesca; o que la vaca del "Marcialuco", había parido un "chotu" que era un primor...o...o...
Resultaba que venía a ser, al cambio y guardando las distancias, el Hogar del Jubilado de nuestro días, salvo que,  en "La Goma", se daba mucho más intercambio generacional.

Y Fe se sabía de memoria los nombres de todos los niños de los veraneantes "tradicionales", y era raro que no tuviera una bola de chicle, con sabor a anís que no te pudieras llevar a la boca en cada visita.

A primera hora de la tarde, la tienda se llenaba de mujeres y algún chaval, para escuchar por la novela de turno. Más valía que no se te ocurriera hacer algún comentario. El silencio era sepulcral. Creo que la gente no entraban a comprar a esa hora, por no molestar.

Era la zapatera prodigiosa de Lorca  pero con el carácter afable  del marido. Fe no se casó. Vivía pendiente de una hermana y sobre todo de su anciana madre. Además de la zapatería, cuando terminaba y después de cenar, aún la quedaban arrestos para administrar un pequeño huerto, con jardín, frente a la casa dónde vivía.

Su único uniforme era una bata gris en verano, con una Rebequita azul oscura para los días que refrescaba, sobre la que se ponía el eterno delantal azul marino, para los momentos que estaba atendiendo a los clientes. Para trabajar en el "burro" sobreponía, por encima un , ya viejo, mandilón de cuero que la sirviera de cierta protección, ante los posibles deslizamientos  de la escofina o de las cuchillas. Sus manos las recubría con manoplas que dejaban los dedos al aire para un mayor tacto a la hora de manejar los diferentes útiles. Sus dedos, solían anunciar, frecuentemente, lo fácil que era cortarse con aquellas herramientas...

Era un auténtico lujo verla trabajar. Comenzaba por cortar, con un patrón previo correspondiente al número de del zapato al que había que "echar suelas", de un pliego de cuero. Le daba la forma del contorno deseado y lo moldeaba en la horma a golpes del martillo remendón; era un moldeado provisional; no el definitivo. La piel se sujetaba a la horma con gomas un tiempo; desconozco si horas o días; pero era sólo para que se acostumbrara a coger cierta forma.

Para las suelas se destinaban unas cuchillas de corte, afiladísimas, con las que iba rebajando las orillas. La piel la había pegado, previamente en el zapato a reparar; que, puesto sobre el "burro",  la recortaba, poco a poco, hasta adquirir la silueta definitiva de lo que necesitaba. Anteriormente, lo había encolado con un pegamento en lata que aplicaba con una maderita, a modo de brocha; porque decía que con ese útil tenía más tacto a la hora de esparcir el pegamento por la suela que con los pinceles y brochas tradicionales; aparte de que los componentes corrosivos del ungüento, pronto dejaban inservibles los pinceles.

Recordaré, siempre, el olor de aquél pegamento. El color y la viscosidad me traían a la memoria los botes de leche condensada hervidos al baño maría ¡Qué le iba a evocar a un chavalillo!. A la vista, desde luego.

Cuando llevaba cierto tiempo de secado, la suela, la daba suaves martillazos para que se fuera asentando en su lugar óptimo; Y, por último, recortaba, ya con más atención y detalle, las sobras dejadas en un primer corte mucho más grosero; destinado sólo a quitar un poco de superficie de la suela para trabajarla mejor.

Con la suela seca, venía en momento de coserla. Punteaba, a cierta distancia de los márgenes de la misma, unos pequeños orificios a ligeros golpes con un marcador. Sobre esta primera señal después, con un punzón terminaba de taladrar la suela, para, a continuación, con aguja y cordel, que enceraba previamente, terminaba de fijarla al zapato con un fuerte cosido. Casi resultaba permanente.

Y así, hora y hora y día tras día. Siempre parecía estar en su tienda. Si tenía que comprar alguna cosa y cerraba, aunque fueran cinco minutos, no faltaba quien se preocupara por encontrarse cerrada la zapatería.

Pero en el cartel del establecimiento, rezaba: "Casa la Goma". Y era por algo. Estamos en un pueblo del norte de España. La pluviosidad es, era por desgracia, muy grande; y lo que Fe vendía copiosamente eran botas de agua. En los pueblos del norte, los pescadores, horticultores y ganaderos, entre otros, usaban cotidianamente dichas prendas; y era un  goteo diario  ver cómo, las gentes del lugar, se abastecían de aquellas largas botas negras de goma.

Luego, la ley de la oferta y de la demanda, fruto de la moda puesta e impuesta en las ciudades, hizo que los "veraneantes" se avituallaran, para el invierno,  de botas de agua o "katiuskas", que era como realmente se las conocía entonces, ya fueran de colores  o con dibujos, para sus hijos; pues  encima, eran baratas.

Fe vivió bastantes años más. Antes se había jubilado y, tanto el pueblo como los veraneantes tradicionales, perdimos algo que considerábamos nuestro. Era un centro de reunión, de conocernos mejor unos a otros, de "estar al día"; y, sobre todo, perdimos a Fe; esa persona afable, siempre de buen humor y dispuesta a escuchar las alegrías y las tristezas de los vecinos y forasteros que, durante los meses del estío, tomábamos al asalto su local.


Nadie ha ocupado su sitio. No me refiero a la vertiente de "confesionario" que, tan importante era en Fe.  Aludo al no menos importante oficio que desempeñaba en las ciudades, en los pueblos, el zapatero remendón.










Para el III Concurso de Relatos Cortos Andrés Gutiérrez de Cerezo . Asociación Cultural Cerasio, 2014. Cerezo de Río Turón (Burgos)