lunes, 11 de agosto de 2014

Hastío


Si yo a la vida no canto,
si yo a las flores no veo,
si el mar, apenas lo oteo,
si a las montañas desplanto.

Por qué no río, si puedo,
por qué no contengo el llanto
por qué, en el camposanto,
por qué en el mundo no creo.

Si yo a la gente no quiero,
si sus palabras no aguanto,
si sufro tal desencanto,
si "muero porque no muero".

Por qué permites mi llanto,
por qué tirito de miedo,
por qué, no me importa un bledo,
por qué, por qué, ya no canto.



Presentado al I Certamen Internacional de Poesía Márgenes Azules, 2014. Argentina.

La plaza de mi pueblo



Uniforme y coqueta, centro de reunión por antonomasia, guardiana de secretos inconfesables, celadora de besos juveniles con sabor a tierno. Conciliábulo de maduras criticonas de todo lo que les ocurre a los demás.
Tu iglesia, pequeña, acoge las casas, adosadas de cualquier manera, con tal de tener abrigo unas contra otras.
Por aquí pasamos todos a lo largo de nuestra vida.
Quedarás clavada cual bastión que anuncia con sus campanadas, la llegada o la ida de algún vecino, de algún paisano.
El señor cura atiende, lo que puede, a sus conciudadanos, alimentándolos en cuerpo y alma; al estilo, casi en desuso, del buen samaritano.
Es corriente verle deambular de aquí para allá; zascandileando, en un trajín excesivo para la feligresía que tiene. Pero es así, no para. Hace sólo un alto en su camino, si no hay algún difunto por el medio, después de comer. Café, carajillo y mus. ¡Y, por Dios, que no le falte!.
El alcalde es el de siempre y está en "su" ayuntamiento. Nadie sabe su color político, seguramente ni él mismo. Sea el que fuere, desarrolla su labor como buenamente puede o le dejan en la capital. Le quieren sus vecinos; sigue siendo aquél chaval que salió del pueblo para cumplir el servicio militar y aprovechó más el tiempo, estudiando "números" como solían referirse a lo que el muchacho estaba estudiando: contabilidad.
Y le sirvió para eso; para encadenarse, de por vida, al portal número uno de aquella plaza, mi plaza. Plaza que cada mañana no se cansa de mirar y remirar desde el balconcillo de su pequeño despacho. Es lo primero que hace cuando llega, por la mañana, al ayuntamiento; haga frío o calor; truene o nieve, todos los días del año.
¡Cómo no! mi plaza, la del pueblo, tiene su café; no podría faltar; ni la plaza sería tal si no lo tuviera.
Centro neurálgico de la vida de la villa en temporada fría. Recogedero de aburridos, jubilados, mozos que no han salido del pueblo, mozas en edades casaderas y, en fin, de todo ser que tenga un minuto de descanso, o de holganza, para acercarse y tomar lo que, según marque el reloj de la torre de la iglesia, se tercie.
Pintado de marrón, con chafarrinones en sus paredes, sirve tanto para el baile, más o menos vigilado, dominguero en época de hielos, como para festejar los escasos bautizos y comuniones que se celebran en esa parroquia.
Y el estanco, a la manera antigua, anunciándose con los colores de la bandera nacional; para qué cambiarlo si llevaba así tantos años, dice su anciana propietaria. Se fuma menos y ¡claro! al descender el consumo de tabaco, la octogenaria señora, reconvierte, con vigor inusitado el negocio, en bazar donde poder comprar sus "chuches"  los chavalillos de fin de semana o conseguir tal o cual producto, no corriente, de la ciudad a través de un sobrino suyo, conductor de autobús de línea que pasa por el pueblo; e intermediario de toda transacción, no pecuniaria, de la atareada abuela.
La plaza cuenta, además, con una pequeña fuente en el centro, que mitiga la sed de los que concurren al círculo formado por los bancos de su alrededor,; a los que parecen estar abonados los ancianos del lugar; quienes, casi con un ordenamiento prusiano, se exponen al sol el rato auto asignado y, una vez entrados en calos, como los lagartos, ceden el sitio a la tanda siguiente. No hay problema; hay sitio y tiempo para todos.
Completan el perímetro de la plaza, incluyendo, claro está, los establecimientos antes mencionados, sus casas.se adobe castellano que tanto calor dio a sus habitantes durante siglos; hoy, en desuso, adornan las fachadas con mamposterías de ladrillo; dando bastante heterogeneidad al estilo arquitectónico del sitio.
A los vecinos, les basta con que esté limpia, y para ellos, para mí, para los que ya no están, les sigue pareciendo la plaza más bonita del mundo; porque aunque se intentara ser imparcial, y se pudiera, otra plaza, no aportaría, a nuestros sentimientos, el bagaje juvenil de lo vivido y de lo sentido, durante años, en esta plaza.

Y seguirá el estanco con los colores que sean; y el café será repintado muchas veces y de mil colores, seguramente del que haya sobrado a algún vecino y las partidas de mus después de comer; a las que el señor cura no faltará, si puede; y el alcalde podrá seguir saboreando, desde el balcón consistorial, "su" plaza, nuestra plaza. La plaza de mi pueblo.





Presentado al III Concurso de Relatos Cortos "Plazuela de Los Carros",  2014.Torralbilla (Zaragoza).Editado en la Antología de este Concurso.

domingo, 10 de agosto de 2014

Presente



Cuando evoco, ahora, algo cansado,
retazos de momentos ya vividos,
se agolpan los recuerdos, no hay olvidos
de personas amigas del pasado.

Un pasado que es presente, anclado
en  memoria ancestral, son los fluidos
que alimentan mi alma con latidos,
al compás de un diapasón quejumbrado.

Vigorosos a fuerza de la Ciencia,
parecen renacer de sus cenizas,
los huesos que conforman mi apariencia.

Antaño parecieron hechos trizas,
hoy los miran , con gran benevolencia,
como a finas astillas quebradizas.



Presentado al II Concurso de Poesía "Alma de Poeta". Letras con Arte 2014. Finalista y seleccionado para la Antología II Concurso de Poesía "Alma de Poeta".

Realidades... Deseos


Pegados a los escaparates de las tiendas nos pasamos media vida; argumentando, con más o menos acierto, lo oportuno o inoportuno, en ese momento, de comprar tal o cual artículo.
Queremos tenerlo porque nos gusta, porque se lleva, porque lo tiene el vecino, porque... porque...
Son cuestiones casi siempre sin respuesta cuando intentamos auto convencernos de que "ese oscuro objeto de deseo", totalmente superfluo, nos es indispensable.
Incluso llegamos a hipotecar, en el sentido literal de la palabra, nuestra economía por ese capricho. También, es verdad, que hay caprichos y caprichos. Los pecados veniales nos los podemos permitir.
El vivir o no por encima de nuestras posibilidades, se ha convertido en "un mal de muchos, consuelo de tontos" y hace años que lo estamos pagando.
Así las cosas, anhelar objetos físicos, terrenales, no es potencialmente insano; al contrario, es un acicate que puede servir para aumentar nuestro esfuerzo en el estudio o en el trabajo; hoy más que nunca este último, quizás una de las mayores bendiciones que podemos tener la gran mayoría de la humanidad.
Todo dentro de su justa medida. El problema surge cuando medimos la justicia con vara alta porque afecta a nuestros intereses.
No sería apropiado decir que esta vida hay que pasarla como los anacoretas y miserablemente; nadie nos ha dicho tal cosa.
La  sociedad es la que es y a nadie podemos echar la culpa más que a nosotros mismos.
¿Habremos aprendido algo de nuestros propios errores? El futuro es mañana, pero hay que empezar a escribirlo hoy.
Cuando la Banca Internacional, permítaseme usar ese convencionalismo, se rija por intereses que no sean exclusivamente los crematísticos y  se dedique a fomentar no "obras sociales" al uso,  como en los tiempos actuales, sino a ayudar, por ejemplo, a los estudiantes menos favorecidos que siempre, por desgracia habrá.
Permitir que esos estudiantes puedan incorporarse a proyectos de investigación en los diversos campos de la Ciencia.
Cuando no nos importe el credo religioso del prójimo, ni su color, ni si tiene más o menos dinero. Cuando todos trabajemos en una causa común que, conlleve mejorar nuestro Estado y, como consecuencia, a través de los mecanismos internacionales, aportar ese "aire de cambio" que nuestra sociedad necesita para seguir respirando.

Cuando todo eso se consiga, alguien, con más capacitación que esta modesta persona, todavía podrá escribir un relato que comience pidiendo: "Deseo que..."


Presentado al I Concurso de Narrativa "Deseos". Asociación Letras con Arte. 2014. Forma parte del la "Antología I Concurso de Narrativa Deseos".






sábado, 9 de agosto de 2014

Rosal


Rosal que, con tanto mimo, cuido y protejo todo el año, abonándote y podando con esmero, con cariño; dándote el alimento que necesitas para que broten nuevos brazos verdes que, poco a poco, se tornarán vinosos poblándose de espinas.
¿Por qué, tras tu indiscutible belleza, proteges tus hermosas flores, cubriendo  los tallos con estiletes que laceran y hieren la mano, descuidada, de quien cortar tu flor quiere?

¿Es el "aviso a navegantes" para hacernos comprender que, quién te creó, quiso que pudieras ser contemplado entero, sin heridas ni cicatrices, en todo tu esplendor?.


Presentado al Concurso Miaqué Relatos Festival 2014. Porcuna (Jaén)

domingo, 3 de agosto de 2014

Labrador castellano



Con llagas del roce de la madera
que, al vaivén, hacia arriba y hacia abajo,
sin parar, ni un momento, en el tajo
la azada, a tus manos las hiriera.

Con la boina calada, sin visera,
y un sol de justicia sin atajo,
reverbera en tu cuerpo ¡qué carajo!
sudor que como ríos afluyera.

La mirada perdida, persevera
demoliendo un terrón con su hierbajo
y tu mente, soñando, cabizbajo,
con justicia social no bananera.

En el surco que en tu frente hiciera
la badana, cual espina, cual vergajo,
de tu boina retorcida por trabajo
parecido a otro surco de tu tierra.

Labrador castellano, refrigera
tu gaznate, lanzando escupitajo
a quien manda, sin saber, lo que es trabajo
de sol a sol picando en la era.


Presentado al XXVI Premio Nacional de Poesía "Conrado Blanco León". La Bañeza (León) 2014.

Mis primeros veraneos



Se llegaba al lugar escogido desde siempre para pasar el verano, por una angosta carretera con muchas curvas y con muchos mareos en el cuerpo; pues, en aquélla época, para cubrir doscientos cincuenta kilómetros, salíamos desde nuestra ciudad de origen a las ocho de la mañana y llegábamos a destino a eso de las ocho de la tarde; siempre y cuando que no se hubieran producido los habituales percances digestivos, muy comunes, o en el ámbito del tráfico, los accidentes que, aunque no se había producido todavía el gran pelotazo de "todo el mundo coche", y circulaban más bien pocos, las carreteras eran bastante estrechas e inseguras, sobre todo, por zonas entre cañones y desfiladeros como eran las que atravesaban la cordillera cantábrica.

En ese tiempo veranear era primero un lujo y luego...como un traslado de vivienda... la furgoneta que nos dejaban, una DKW, parecía enteramente la versión modernizada de los carromatos zíngaros. Mi madre se empeñaba en repetir, una y otra vez, "que podía hacer frío" o "que llovía mucho", argumentos más que de peso, por lo que terminaba por cambiar lo que habitualmente moraba en los armarios a baúles y, claro, aquello no parecía tener fin.

La cara de mi padre, ese día, se avinagraba por momentos. En cambio, la de mi madre reflejaba la de la persona encantada de huir del tórrido verano castellano en la ciudad y de el ama de casa acostumbrada a no dejar nada sin atar; con lo que, como se la iban ocurriendo otras posibles eventualidades veraniegas, lo solucionaba metiendo más y más enseres en esos baúles donde la propia física ya negaba el espacio.

Así lográbamos partir con hora y media de retraso, más o menos, sobre lo que mi pobre padre había calculado. Lo que hoy es un paseo militar, entonces suponía una pequeña gesta. llegar a Palencia.

El caso es que llegar, llegábamos pero con algo más que incipientes revoltijos de tripas. Mi madre, erre que erre, diagnosticaba el trance con un lapidario: "eso es porque no habéis desayunado bien".

Y, naturalmente, volvíamos a hacerlo. Eran famosos sus buñuelos de viento, amén de que a mi madre le encantaban y que, en honor a la verdad, estarían deliciosos fuera de aquellas condiciones orgánicas. Nada más pasar la ciudad y en la falda de su Cristo del Otero, se abría el rudimentario termo de café con leche y se nos endilgaba el cafetito con aquellos manjares.
Al cabo de un rato en el que se consideraba que "se había asentado el estómago", partíamos, de nuevo, hacia nuestro ansiado lugar de vacaciones, vacaciones largas... había años de más de un mes.

Transcurrido un trecho del camino, no mucho para lo largo del trayecto y a la altura de Herrera de Pisuerga, existía una preciosa y refrescante chopera de álamos, hoy reducida  por su mal uso y prohibido su acceso para poder conservar lo poco que queda de ella, donde, a mi padre, muy cafetero él, le gustaba tomarse uno "solo", mientras estiraba las piernas por aquel paraje, francamente bonito.

Era el momento para que los niños y no tan niños hicieran los "pises" de rigor. Pero ahí no acababa la cosa, no; de hecho seguía empeorando. Según la obsesiva planificación de mi progenitora, en ese instante tocaba almorzar... un tentempié para seguir el camino. Faltaban tantas horas para comer que había que mantener "asentadito" el estómago. Y así se hacía. Un bocadillito de tortilla de patatas. Nos sabía a gloria, gloria que nos iba a abandonar a medida que, una vez reanudada la marcha, comenzábamos a ascender el, entonces complicado, Puerto de Pozazal; hoy, en cambio, no pasa de ser una mera tachuela en el camino.

Y allá, por Mataporquera, las tripas se quejaban, una y otra vez, de las vueltas y revueltas de la sinuosa carretera y, no pudiendo más, a alguno le daba por echar hacia afuera, aquello que se había introducido antes, casi de manera antinatural, hacia adentro.

La cosa tomaba mal cariz; el principio de vasos comunicantes se hacía palpable; enseguida había tres o cuatro cuerpecitos agachados en el estrecho margen de la carretera devolviendo, con creces, lo que antes se les había suministrado. Incluso uno o dos cuerpos de mayores terminaban por sumarse al concierto infantil. Y aún estábamos en el Pozazal. No quedaba nada para llegar hasta el mar...

Abandonábamos las tierras palentinas que no las de Castilla, pues entonces "Santander era el balcón de Castilla" y  entrábamos en la provincia cántabra, donde nos esperaban sus "entrañables"  hoces magníficamente entrelazadas con el río Besaya.
Estaban divididas en dos tramos; parecía como si a alguien se le hubiera ocurrido pensar, al diseñar su trazado, en mi familia. Primero una buena tanda de curvas y "requetecurvas" en las que era casi tradición que, en alguna de ellas, la lechera de plástico verde que mi madre, previsora, llevaba por si "no había leche... en Cantabria", cuando llegáramos, solía decidir caerse encima, casi siempre de mi hermana; lo que obligaba, forzosamente a hacer un nuevo alto en el camino para secar y limpiar a la criaturita.

Recuerdo un año con especial énfasis; aquél en  el que a la pobrecita niña, se le vino encima la susodicha y longeva lechera verde y, tras parar el vehículo y con cierta urgencia por limpiarse, la niña saltó hacia la verde cuneta y cayóse. Cayóse, para colmo de sus desdichas en una inmensa plasta o boñiga que alguna "vacuca" del lugar había decidido dejar allí de recuerdo.

Mi pobre hermana sucumbió del todo. No tenía consuelo. Hubo que desmantelar media furgoneta, bajar baúles y cambiarla completamente de ropas, previo, como se pudo, un lavado de pies a cabeza.Más o menos recompuesta y aseada, mi madre la roció con su eterna colonia para "refrescarla".

Volvíamos al viaje y una vez pasado ese área de descanso después de la primera tanda de curvas aludidas, comenzaba el verdadero desfiladero del Besaya. El coche iba con las ventanillas subidas, pues entonces el tiempo era el tiempo, el de siempre, y en esa zona siempre hacía fresco. O eso era, al menos, lo que nos decían. Pero dentro iban seis o siete personas con todo su calor humano y a la criatura todavía le quedaban reminiscencias olorosas mezcladas, del infausto y doble accidente anterior; con lo que los efluvios que manaban en el habitáculo móvil, eran mareantes.

Así las cosas, mi padre, en plenos acantilados, decidía parar  "estirar las piernas", aunque conscientemente, se dejaba el vehículo abierto de par en par para que se aireara. Mi madre, organizada por naturaleza y casi como el cabo furriel de aquellas "milis", improvisaba rápidamente y decidía que había llegado el momento de comer.

Y allí comíamos. Conseguíamos pasar así, con el estómago asentado, el segundo tramo de curvas que terminaban de atravesar, amparadas por el valle, las últimas estribaciones de la cornisa cantábrica.

Pasar Torrelavega era la última gesta a realizar en tan largo trayecto. Había un cruce... y un guardia... siempre el mismo; y llegáramos cuando llegáramos al susodicho cruce, al gendarme le daba la gana dar paso a los vehículos que no llevaban nuestra misma
dirección. Recuerdo años de tres cuartos de hora de parón. La verdad es que se formaba un atasco mayúsculo, a todas luces sobrepasando, en mucho, el celo profesional y la disposición de aquél funcionario local.

Una vez dejada atrás Torrelavega y con el camino hasta el punto de destino expedito, se presentaba la última gran disyuntiva de la jornada. Había que dilucidar si se tomaba el camino de la costa, por Santillana del Mar, bellísimo por sus vistas pero bastante sinuoso o continuar hasta Cabezón de la Sal, por el camino interior y luego desviarnos hacia nuestro destino final  ya a tan sólo once kilómetros.

Al final, optáramos por el recorrido que fuera, alguien terminaba mareándose para, de esa manera, no dejar tramo en el viaje tranquilo.

Cuando divisábamos la Universidad Pontificia, el "Seminario" como popularmente se le conocía, que por su altitud era lo primero que se divisaba por ambos caminos, significaba estar ya en casa, y, a mi madre, bien fuera por la emoción o por el viajecito que le habíamos dado, siempre se la escapaban un par de lágrimas.


Presentado al VIII Premio "Luis Adaro" de Relato Corto. 2014.