martes, 4 de noviembre de 2014

En copa grande



Que España es tierra de vinos , lo sabe todo el mundo. Cualquiera de los abuelos de cualquier región de esta piel de toro  nos hablará de "un vino" exquisito de tal o cual bodeguero del lugar; sea el que sea.
Y se nos conoce fuera, por ahí, por nuestros caldos. Y por una figura, en nuestras carreteras que es "Marca España", pese a quien pese. Y esa "Marca", nace allí, en la provincia de Cádiz";  como estandarte de un tipo de vino: Brandy de Jerez.. Y con ella, la figura; ellos, los caldos; hemos ido "haciendo patria", a lo largo de los tiempos.

Los hemos reflejado en coplas. Desfilado en nuestra antigua "mili" y exportado a todo el mundo; que, dicho sea de paso, es la mejor manera de "hacer patria" de calidad: en forma de divisas. 


Presentado al III Certamen Internacional de Microrrelatos “Cardenal Mendoza”.  Bodegas Sánchez Romate Hnos. 2014. Jerez (Cádiz)

La sartén del cuento




Supongamos, un momento, que esta historia, puro cuento, pudiera haber sucedido o, al menos, ser parecido a lo que aquí en los renglones escribo; aunque, claro, no adivino y mucho menos mi empleo tuvo que ver con "La Arqueo", llamada Arqueología.

Es por esto, que decido situar este relato para mentes muy abiertas a poder cambiar la historia, al menos en su memoria, e intentar pasar buen rato.

Resulta que, Arnolfito, llamado así por su tribu, por haber vivido de niño, en eso, en un palafito, era casi un herrero y digo casi con miedo; pues el diminutivo encierra un secreto, secretito, y es que el hombre era pequeño; más bien era pequeñito.

Por eso, los espadones eran problemas mayores, tenía que conformarse en hacer: cazos, tazones; para regocijo mero de todo su pueblo, entero.

Tic-tac, tocaba con acompasado son, a aquél trozo de latón que prometía ser cazo y para eso nacía; más, con tanto martillazo por mirar a su María, el pobre cazo salió como él, bajo, muy bajo para lo que pretendía.

La obra estaba acabada; Arnolfito se rascaba la cabeza, intentando dar salida a aquella extraña proeza. No se le ocurría nada; avistó unos rescoldos de carbón, aún en tizones, y fue a pintar su engendro, como si fueran tazones.
Aquello quedó peor ¡María, qué es lo que hago!¡Que esto no es lo que yo quiero ¿Que me da bastante asco!... que no sirve, ni de casco; María, que es que me muero.

María sí le quería y le consoló primero ¡Ya le encontrarás salida! ¿ya tendrá su aplicación!, mira que aquél tazón te costó mucho hacerlo.

Apesadumbrado, el hombre, se mantuvo todo el día en estado comatoso; como cuando uno, un oso, se reguarda en su cubil durante el gélido invierno, ni siquiera con candil; permaneciendo en la osera hasta bien entrada ya...la primavera.

Un grito le hizo volver de Babia, que es donde habita cualquier hombre troglodita cuando no sabe qué hacer. ¿Se me han caído los huevos!, al acercar el puchero, sobre esa piedra enorme ¿Qué hacer, ahora, mi hombre?¿Qué te podré agasajar, para que puedas comerlo?

Probemos fortuna, amada; primero recogeremos esta plasta en palangana; ¡Mira, toma esta sartén! ¡Anda, pues mira qué bien!....ya la doy por bautizada.
Los revolveremos bien que así quedan uniformes y habrá que añadirles "papas"; locución aquí empleada por vagancia del que escribe o del actor de mi chanza.

A ver, sofríe primero, un poquito las patatas con ese licor dorado, delicioso si lo catas; dale tiempo a que se hagan en el aceite, las papas; que estén un poco doradas. Parecen cambiar la pinta si están un poco doradas.

Ahora a este plato las sacas y las escurres y a ver si a alguien que venga, algo nuevo se le ocurre...

¡Quieta!, que me viene a la cabeza envolverlas con los huevos cogidos en la maleza y estrellados, por tus manos sin quererlo, en eso estamos, en esa piedra inmensa.

Revolvamos, revolvamos y antes de ponerlo al fuego, además, ¿qué agregamos? Propongo cebolla fina que pique un poco en la boca; la dejamos macerar pero sin ningún desdén, en el fuego, en la sartén ¿Habré creado un invento, al fallar, con mi talento?

Al rato, no había reloj, decidieron dar un toque a lo que se condimentaba y ¡zás! lo dieron la vuelta, comprobando que esa "cosa"...esa cosa se cuajaba. Agregaban a su prosa una nueva palabreja que aunque los tiempos pasaran, ella llegaría a vieja.

Tras otro período largo, la sacaron de su entorno y en vez de ponerla al horno, la pusieron en un plato.

¡Qué belleza! redondita, amarillita, ligeramente quemada ¿Qué monada!

¡Qué sabrosa!¡Buena cosa!¡Cosa buena¡Habrá que hacerla este año, allá, por la Nochebuena! Es un cuento y, las licencias, se perdonan con clemencia.
¡Hay que ponerla un nombre1¡Hay que patentar el guiso! Decía nuestro Arnolfito, que pensaba ya en mudarse a otro nuevo palafito.

¡Lo llamaremos tortilla. No sé. Se me ha ocurrido mientras caminando al río iba, haciendo mi recorrido; y para diferenciarla de la de los primos godos, agregamos buenos modos y modas muy elegantes, cocineras: ¡de patatas! ¡Que mira que estáis rebuenas!.


Presentado al V Certamen Literario de Cuentos Gastronómicos, 2014. "Antigua Abacería de San Lorenzo”, (Sevilla) 

En un suspiro



Te levantas y desayunas. Es un lunes normal; en sí ya un poco puñetero, por el mero hecho de ser lunes; pero nada más.
Empiezas a desperezarte con el primer brochazo, si eres un clásico, de los pelos rebozados en espuma que, con calma, empiezas a maquillar sobre tu cara. Entreabres un ojo, por aquello de la perspectiva en el espejo o porque, aunque pones voluntad, el cuerpo todavía te transmite sensaciones de querer volver a tu, aún, cálida cama. Es febrero.
Das una pasada, otra; giras la cabeza y cuando vas a aplicar la cuchilla  en el cuello, algo te frena en seco; y piensas o exclamas: ¡Un bulto!... Y sigues.
Cuando sales duchado y hecho un pincel, dices a tu mujer, el descubrimiento. Lo mira, lo palpa y te comenta: "Seguro que es un ganglio inflamado; después de la faringitis de la semana pasada..." ¡Bien, perfecto! Es lo que esperaba oír; es lo que quería oír.
Y agrega, que para eso es profesional de la sanidad: "No obstante, mañana, tienes hora en el maxilofacial, coméntaselo".
Y a la hora en punto, a las cinco, como las corridas de toros, entraba yo en la consulta, francamente, sin haberme vuelto a acordar, para nada, del bultito. Me inspeccionó de "lo suyo" y, al final, preguntó, solícito, si tenía alguna cosa más.
Se me vino a la cabeza el lobanillo por casualidad, seguido de un "aunque no te corresponde a tu especialidad"; lo que no debí de decir, pues el galeno, cultivador de la Medicina Preventiva, como Dios manda, enseguida empezó a toquetear y fisgar, cuanto quiso, mi ganglio. Y decidió: "No te voy a citar ni al especialista; ganamos tiempo, aunque no será nada, mandándote hacer una punción, para quedarnos tranquilos".
La punción no es agradable francamente, pero vas como en caliente, creyendo que , lo más probable, sea afán de ser amable, el médico no residente.
Permitidme el chascarrillo; que es una manera alegre de ver que la vida es breve, mientras catas un carajillo.
Siguiendo el caso, la prueba, dio como resultado que la "cosa era del tiroides; un carcinoma seguido de una retahíla de doctas palabras que unos conoceréis de sobra y otros no, pero ¿para qué repetirlas, verdad?
Tuve suerte. Los zascandileos de mi mujer y adláteres, por salas y consultas,  y amigos de batas blancas, hicieron que me sintiera un algodón de feria pues, hasta ese momento, el ego sale de dentro, y miras al resto del mundo diciendo: ¡mírame bien, compañero! a quien está, en su cola, prisionero ¡Ésta Corte Celestial que llevo, aquí detrás, me va a salvar de ese mal!
Como si por llevar más, el bicho, se arrugara y decidiera mudarse a otra parte, en vista del contingente de choque.
Era el tiroides, traidor, el que no me había dado guerra en mi vida y, de tapadillo, quiso ser el protagonista del resto de mi vida....
T4 extravasado. Uno, que conoce un poco el ambiente militar, se queda pensando, cuando te lo comunican, en qué lugar del reglamento se encontraba esa orden. También, un poco más relajado, te planteas si, ese cuadro, existía en el Juego de los Barcos de la adolescencia. T-4 Extravasado, ¡tocado!.
El caso es que, entre el dulzor de los que te lo intentan explicar y la realidad, que suele ir por otros derroteros, te vas enterando de lo que eso significa.
Seguía en Jauja, no es broma. Tenía toda una autopista de médicos o enfermeros que aunque me dieron suficientes pistas para que mi cabeza lo interpretara, la palabra ¡blasfemos! era la que más se repetía en mi interior; no queriendo entender la vida, ¿la vida que se me iba?
Operación ligerita. Tiroides a la basura. Sólo ella, la “ganglionada”, quedó en mi cuello adosada, por no sé qué decisión, entre un galeno simplón y un cirujano a la carta, que quita lo que le dicen, y lo demás, lo descarta.
Me dieron lo que debían: Medicina Nuclear, que ¡bendita suerte, la mía!" Todo el mundo me decía, pues es la mejor terapia para combatir la rabia del látigo que me hería.
Entré al "Convento" tres veces, con espíritu animoso, pues es mejor ir de buenas que cabreado al foso; o "cámara de los horrores", bautizada por mi gente; no es para tanto, creedme; aislado, te preocupas como en retiro de monjes, poner tu cabeza en orden, y, si tienes fe, ¡qué suerte!, le miras y te encomiendas, preguntándole, con mimo, si es el final del camino, que te abrace fuerte....fuerte.
Pero el ser humano lucha con impronta según nace y  combate cuerpo a cuerpo, en el único debate que debiera prodigarse a lo largo de una vida, en lugar de enfrentarse, con el vecino de arriba.
Tras tres retiros "forzosos", de ejercicios espirituales, me hacen la prueba y sale que nunca ha surtido efecto la pastillita de marras, que me tomaba con ganas; pipeta en boca y...¡adentro!.
Ante noticia tan triste, fuera de lugar según, mi esquema particular de lo que "tú me dijiste", médico malo, de chiste; si no fuera que es verdad que fue la mejor persona que me trató en esa zona que se llama nuclear.
Añado, sin ningún recato, que a la doctora destaco como cabeza emergente de su equipo, de su gente.
Habréis notado lectores, si es que hay alguno leyendo,  que quizá, en el comienzo, de este relato, en el lienzo de papel, en sucio cuadriculado,
estaba un poco más serio, sin lugar, el propio tedio de una tarde de verano.
Prosigamos la  secuencia de una enfermedad, cualquiera, si no fuera porque esta es mía, muy mía y no la de la portera; ni yo así se lo deseo que cada cual lidie el toro asignado a su faena; hay que bajar a la arena y darle pases de arte, o al menos con cierto decoro.
Nos quedamos boquiabiertos. No reaccionamos. No era posible. Todo estaba bien atado, todo era tan factible...
El endocrino de turno, leyó su sentencia exacta, como quien dicta una carta, deprisa, con impaciencia. Se le notó, por su parte, que quizás debió decir al cirujano, que el corte, no se quedara muy corto, que debería llevarse esos ganglios adyacentes, que ya que hay que abrir en canal, es mejor sólo una vez, por el bien de este paciente.
El caso, es que sentenció que:"nada se puede hacer", que me parece muy bien si ese es su proceder; pero "mi" chica nuclear, nada más oír lo dicho, cogió su móvil y le dijo, lo que le vino a capricho.
Dos días más tarde, dos, nos citaba un endocrino, casi, casi de felpudo; ofreciéndonos equipos para remediar el fallo, no reconocido, claro, ese...el que otro tuvo, nunca el suyo... pues la culpa no es de uno.
Y no creyéndole, escogí a mis amigos leales, aquellos maxilofaciales, anduvieron en mi cuello;  me dejaron sin resuello, siete horas, siete, cabales, para vaciarme "bello", el tubo que une cabeza al resto llamado cuerpo.
Fue duro ¿por qué negarlo? Aquí no puedo engañar a nadie, pues sabéis como ninguno que lo peor no es el tubo que, con suerte, convaleces sólo de la operación suscrita, con rehabilitación adscrita, fueron ocho...ocho meses.
Hasta entonces trabajé de manera cotidiana; un "grano", no tiene por qué, quitarte la vida diaria; es más, te viene muy bien estar metido en las cuitas que tu profesión fabrica, casi todas las mañanas.
Pasaron, pues, ocho meses; descansé, ¿estaría cansado?, y me incorporé al trabajo justo después del verano. La vida me sonreía; los ganglios, antes pegados y de bichito impregnados quedaban en aquél cubo de quirófano fregado. Lo cuento, después de haber desvelado, lo que luego, unos meses, revelaron los cuidados de unos gráficos con "eses";  que el bicho, erre que erre, me tenía tanto apego, que no se iba de mí, por no hacerme casi un feo.
Y abandoné la nuclear; no era la solución ¡qué tedio!, tener que volver a empezar; pero con qué: ¿hay remedio?
La "quimio" tradicional, por adelantado el campo, hacía  una eternidad  que no se aplicaba tanto; en tiroides me refiero; pues el resultado bueno, lo daba la nuclear.
Solución, casi partita, hablamos de entrar en proyecto, proyecto de "pastillita", cuatro grageas al día, seguramente podrán, al bicho parapetar en su trinchera, que es mía, pero al menos, evitar que algunos ganglios "mamones", que ocupaban los pulmones, se pudieran atajar.
Y así empecé en tratamiento; con tranquilidad, con tiento, pues cuando ya peinas canas, aunque sea en la barbilla, al levantar las mañanas, sopesas más esta vida.
Poco a poco conocí, que la medicina mata; parece al decirse así, temeridad tanto innata, pero es la verdad ¡puñeta!, que poco a poco parecía ser movido por hilos de marioneta.
La cosa iba a peor; no me tenía sentado, parecía que la silla, en la misma rabadilla, un golpe me hubiera dado y allí, sobre ella estuviera como mi cuerpo pudiera, más bien desparramado, que, correctamente, urbano.
Todo esto consultado en las más altas esferas, que media familia es, por no deciros que entera, médicos o enfermeras.
Quiero con esto decir, que las mejores cabezas de la profesión en ciernes, me visitaban ahora, mañana o el viernes para controlar el ritmo del bichito éste, en ciernes.
Tenían ya muchas dudas; o por decirlo más duro, no daban por mí un duro; aunque no se daban cuenta que el sistema monetario, había cambiado "ha tiempo" y ahora había "euros" ¡Seis meses, van y me dicen! como previsión, oiga, por favor, maticen, que no quiero un subidón.
Bajan, con tiento, la dosis a tres pastillas al día, mejoro con alegría, pero casi flor de un día; no me mantengo dinámico; hago el trabajo automático, como si fuera un neumático, bajo de presión o flácido.
Me mandan ya para casa; es cuestión de coger la baja y esperar acontecimientos; bajan a dos "de alimento", para ver qué ésta vez pasa.
Tengo que manifestar, que con este tratamiento en tiroides aplicado, soy todo un experimento y, aunque hoy ya jubilado, me mantengo alborozado gracias a Dios y a mi médico que, investiga, con mi cuerpo, lo que les darán a otros que aplique el medicamento.
Yo, por las mañanas miro, al de enfrente, al del espejo, si la barba o el bigote son los míos o, si casualmente, me apetece, últimamente, comer mucho más un queso.
Cierto atisbo de roedor, se presenta en mi cabeza, pues no deja de ser un valor, valor de laboratorio, asemejarse a un ratón, como es el caso notorio.
El caso es que esos seis meses, se dilataron en tiempo, lo digo como lo siento, que me alegro enormemente, pues así... sí, sí, esa gente, en la que prueban conmigo, tendrán un mejor camino aunque no puedan beberse un vasito de "bon vino", como declaró Berceo en sus "Miraclos Marianos". ¡Vaya cita que he puesto, con esta cita, el texto, queda como mucho más apuesto!
Aquí sigo; así os lo Digo, por Él que ha sí ha decidido. No hay ejemplo para nadie, es, lo que quiero que crean los lectores, si ahí siguen; y si así lo decidieran se puede vivir con bicho, con vigor y con paciencia; habrá momentos groseros, maleducados, rastreros; pero bien vale vivirlos, sin acritud, con sosiego.
Habrá días muy perrunos, casi siempre inoportunos; cuando creamos que estamos como casi macanudos y ¡zas! la suerte se parte y esa reunión, ese cante planeado con cuidado, se esfuma, como de ahí mismito, delante, al tocarle con los dedos.
Hay que volver al camino y rodear la mirada; con ella, descubriremos que hay bastantes Cirineos para ayudar a llevarla, la enfermedad, se entiende, aunque los que creen en Dios, la asimilan a una cruz que hay que izar o arrastrar, pero llevar a buen puerto.
Calidad de vida tiene, y seguro es la que quiere, con obscena cerrazón, el que decide vivirlo y, poco a poco, exprimirlo, dentro de su corazón.
Familia, amigos doctores, trabajad vuestras labores y, cuando la soga estire y se deshilache entera, tener la certeza "vera", de que este su paciente, siente mucho respeto al trabajo del docente y, comprenderá, cual caballero andante, que su amigo Rocinante, no pueda seguirle al lecho.
Moriré, moriré como un  anciano, que a eso se aspira ahora, ahora y en los romanos, que, cualquiera deseamos dormir y no despertarnos.

Un abrazo a los que logren llegar al final del trazo.

Presentado al Certamen de Relatos “Cáncer y Calidad de Vida", 2014. GIAFyS, Grupo de Investigación en Actividad Física y Salud 

Pudo ser así...



Mascullando improperios para sus adentros, la comitiva formada por trescientos soldados romanos, caminaba entre pinares, con caminos polvorientos, de aquél verano hispano.
Las jaculatorias dirigidas a sus dioses, no pasaban desapercibidos para los mandos, quienes, para no tensar aún más la cuerda, decidieron hacer oídos sordos; entre otras razones, porque cuando los oficiales se comunicaban entre sí, los juramentos aún eran mayores.
No era un desierto, no; pero la meseta, plagada de tierras incendiadas; quemadas con el objetivo de quedar sin grano al enemigo, se convertían en Calderas del Averno; que sumaban el calor de las llamas al sofoco de aquél extremo verano.
Caminaban, obligados por el tren de marcha militar, con los ojos hacia el infinito, abstrayéndose del dolor de sus huesos y del entorno; a la vez que las pupilas de sus ojos se dilataban, de vez en cuando, creyendo adivinar en la lejanía alguna fonda donde poder beber una jarra de agua fresca; no la recalentada de sus cantimploras de campaña. Eso, quienes precavidamente, aún conservaban algún buche de tan preciado como caliente líquido.
Transitaban de oeste a este; en una dirección aproximada que les acercaría a la ciudad arévaca de Numancia; ya empezada a ser sitiada por el gran contingente, enviado expresamente por el Senado romano, con la intención primaria de doblegar al "pequeño - gran" obstáculo para el Imperio si quería llevar a cabo su segundo propósito, menos diáfano, de terminar con el completo dominio de la Península Ibérica.
A medida que el sol llegaba a su cenit, el calor aumentaba desproporcionadamente; hasta el punto de que los oficiales al mando, cada vez acortaban más los momentos de dar descanso a la tropa.
Caminar entre pinares, no conllevaba, particularmente, respirar aire más fresco. Todo lo contrario; eran  zonas calurosas en las que el monótono ruido del canto de las chicharras dominaría al silencio, si no fuera porque el pesado arrastre de los pies de los legionarios por el camino polvoriento, amordazaba también el propio canto del insecto.
Llevaban un grupo adelantado, no demasiado, para prevenir algún poco posible ataque de, como los romanos les denominaban, bárbaros de la zona, a los vacceos; aunque la fuerza iba bastante relajada, ya que la vasta zona pinariega que atravesaban, estaba formada por grandes y macizos árboles de altas y frondosas copas, pero bajo ellas, a ras de suelo, se gozaba de mucha visibilidad; era, por tanto, poco probable ser sorprendidos por los flancos.
Al doblar un amplio recodo que dibujaba la, mal llamada, calzada, el bosque de pinos se abría brusca y dilatadamente; replegándose contra unas lomas y dejando ante la vista de los soldados romanos unos grandes campos de cereal; en medio de los cuales se atisbaban una decena de maltrechas casas de adobe sin un orden preconcebido, pero construidas con cierto ánimo estratégico para una defensa en caso de sufrir un ataque.
La columna se paró al unísono. El Centurión Mayor que mandaba la fuerza, a pesar de ser el equivalente sólo a media cohorte, oteó, con la maestría de un veterano, el paisaje, intentando descubrir cualquier cosa que no sintonizara con el entorno y que pudiera servir de señal de una posible emboscada. Todo parecía estar bien; salvo, quizás, el silencio; que, una vez parada la tropa, reinaba en el ambiente.
No se veía ningún movimiento de gentes o animales; por lo que ordenó avanzar con cautela a la cabeza de su columna en dirección recta hacia el centro del pequeño conglomerado de casas.
No había nadie. Todo estaba completamente desierto. El "orden" que se veía dentro de las casas , era un orden dado por los habitantes cuando estos tienen pensando faltar de ellas una buena temporada... y, sin embargo, los campos llenos de grano maduro, estaban sin segar...
Una vez asegurado el perímetro de defensa, decidieron acampar entre las mismas casas de adobe, madera y paja; pues proyectaban, en algunos rincones, escasas pero sabrosas zonas de sombra. Se desperdigaron por la diminuta aldea para comer sus viandas de campaña y, si la tranquilidad proseguía, dar alguna cabezada para terminar de recobrar parte de sus pertrechas fuerzas.
Media hora después, el improvisado campamento se asemejaba bastante a una charca habitada por hordas de ranas croando al unísono. Los ronquidos eran ensordecedores. Servían, incluso, para dejar en un letargo peligroso, a los escasos vigías dispuestos.
Una molesta y pegajosa mosca, jugueteaba con la oreja de un vélite romano quien, acompasadamente y gran desgana, manoteaba al aire con una mano somnolienta cuando el insecto zumbaba, con intención de volver a la carga, cerca de su pabellón auditivo.
Y una, dos, tres... ¡qué molesta! masculló; un par de manotazos airados, sin dirección concreta, sirvieron para espabilarle justo en el momento que una flecha envuelta en llamas, se clavaba en el marco de la puerta que a él le servía de respaldo. Abrió los ojos todo lo que daban de sí al contemplar como cuatro tejados ardían vorazmente.
¡Nos atacan! ¡A las armas! Fue la consigna más repetida en los minutos siguientes; las techumbres de las casas empezaron a derrumbarse sobre ellas, impidiendo a los legionarios, protegerse dentro de las mismas.
Intercaladamente, llegaban silenciosas saetas, que sólo se manifestaban con su zumbido de muerte cuando ya era tarde.
De las grandes copas de los pinos gigantes, como fortalezas, partían certeras flechas con precisión matemática, atravesando cuellos, pechos o extremidades de los desorientados romanos.
Empezaban a conformarse con esa situación y a albergar la posibilidad de formar columnas protegidos con sus grandes escudos para salir de la ratonera, cuando divisaron que por el camino por el que habían llegado a la aldea, corrían hacia ellos despavoridos, tres yuntas de bueyes a cuyos cuernos se les habían atado teas encendidas y a los que se les había sujetado a sus colas fardos de paja, igualmente encendidos, que, a su vez, ante la estampida, servían para ir quemando todo lo que se encontraban a su paso.
Prestos a recibir la inevitable embestida de las bestias descontroladas, y la posterior fuerza enemiga, los romanos, pilum y escudo en mano, cerraron filas, formando un frente uniforme y pétreo para plantar cara al enemigo.
Casi iban a chocar los toros contra esta columna que se defendía con las jabalinas de los hastati, cuando descubrieron que el fuego ya provenía de los cuatro costados de la aldea. El ardid de enviar los verracos por delante, había servido para atraer la atención romana y, mientras tanto, los vacceos a pie, habían ido azuzando el fuego en el resto de los campos que rodeaban la aldea.
Todo el frente del fuego confluía a la, ahora, pequeña base romana.
Los centuriones repartían órdenes casi inaudibles por el crepitar de las llamas, las flechas seguían cercenando las vidas de los despistados que no se cubrían bien tras los parapetos y una sensación de ahogo impregnaba las gargantas de toda la tropa que les ponía al borde del pánico.
El Centurión Mayor, dio la orden que suponía la retirada y, con él al frente, se abrieron paso en el sentido de su marcha. Y corrieron. Corrieron por espacio de dos horas. Agotados, descansaron en el interior de un pequeño pinar, sobre un altozano, que les permitía ver sin ser vistos. Nadie apareció.
Camino atrás, en la pequeña aldea vaccea, se dedicaban a la labor de apagar lo que podían, a despojar de armas y pertrechos a los muertos y a rematar a los heridos, por simples que fueran sus heridas. No podían dejar ninguno con vida. Serían un lastre.
Contaron los muertos: ¡ciento ochenta y dos! ¡Todo un éxito!. Al menos, esa media cohorte tendría que marchar a algún campamento para reorganizarse si quería seguir con su innoble tarea de quemar los campos de grano de la meseta. Era, más bien, una función de bandoleros que de un ejército.
Grano que los vacceos cultivaban para sí mismos y para aprovisionar a la no tan cercana ciudad arévaca de Numancia; asediada ya, desde hacía semanas, por un gran contingente romano.
Ellos, los vacceos, los habitantes del altiplano, serían los encargados de dar de comer a todo un pueblo dispuesto a dejarse inmolar antes que rendirse y pasar a ser esclavo de Roma.

La Historia contaría, más tarde, el devenir de los acontecimientos...


Presentado al I Certamen de Relato Histórico "Heródoto de Halicarnaso", 2014. Portal Clásico
  
 

Esperanza




Si yo gritara que España me gusta
a pesar de lo rota que la tienen,
los que, con vanos intereses, quieren
que esta Patria ya no sea tan justa.

No les "viene", que antes fuera augusta,
se acobardan ante los que prefieren,
que el bolsillo, entero, se lo llenen
pues, entre ellos, a nadie les disgusta.

¡Ay, España! me dueles, me apasionas,
¿podrán saborear tus primaveras
los nietos, que en tu seno, atesoras?

¿Tendremos, aún, España, el decoro,
de aunar en una sola tus banderas
y zanjar este inquino deterioro?



Presentado al XXVIII Certamen Artístico y Literario 2014, Excmo. Ayuntamiento de Cañete de las Torres. (Córdoba)

En blanco



Eran diez que, como eruditos, entre dientes cuchicheaban palabras ininteligibles para los demás visitantes de aquella sala. En realidad nueve escuchaban las palabras que pronunciaba la décima que, cual experto en la materia, trataba de explicarles lo que representaba aquella obra de arte.
Los continuos aspavientos del que llevaba la voz cantante, atrajeron a un muchacho que deambulaba, un tanto despistado, por el recinto de la exposición. Curioso, se acercó a contemplar lo que el grupo examinaba.

La cara del muchacho, palideció a la misma velocidad con la que sus ojos descubrieron lo que encuadraba el flamante marco colgado de la pared: un lienzo en blanco. ¿Eso era arte? se preguntó .


Presentado al I Concurso de Microrrelatos MARTE Feria Internacional de arte contemporáneo, 2014. (Castellón de la Plana)

El tomate




¿Qué culpa tiene el tomate? de que un señor que está en el limbo, juegue con Europa al bingo, quitando a un pueblo entero catar tan rojo manjar; que allí no nacen, seguro, si no es en invernadero.
Hay que estar un poco orate, para privar a su gente de fruta poco exigente y que gusta al paladar.
Se pregunta uno si usa, en minúscula lo escribo, si cuando allí tienen "gusa" comerán ensaladilla, la que aquí llamamos rusa o picarán un ladrillo.
¡Qué diatribo! ¡Qué diatribo! permítanme tal licencia, para armarme de paciencia, que es para escribir un libro con las posturas que toman mandatarios muy sesudos, de al menos de algunos dudo, pues me ponen corajudo.
Quisiera ser un notario que les tomara palabra ¡que mira que hacen la cabra! cuando, a modo de cabreo, se cuelgan un camafeo que huele a guardería y parece ñoñería pero joroban al mundo, sin comer pipas Facundo, pues creen hallarse ungidos, por los dioses bendecidos y hacen el vagabundo en vez de arrimar el hombro y trabajar más unidos.
Volvamos a lo del tomate, natural de donde sea, aunque a uno tire su tierra y a mí nada se me empaña, al decir sin titubeo que lo mejor es de España, lo mejor del mundo entero.

Y así, desde la Conchinchina, toman decisiones vanas, gente sin apenas canas, pues parecen ir teñidas y  algunos que son badanas y afectan a los tomates que, cual naranjas de la  China, nacen cual canela fina, en matas grandes, que rima, a base de doblar la espina algún hortelano hispano que ajeno al mundo político trabaja sin abanico de sol a sol con su mano recolectando tomate que crece a fuerza de guano, para que una cabeza loca te diga que "hoy eso no es lo que toca" y parece que remate la coplilla y se retrate de melón o meloncete que depende del retrete que haya usado ese día mientras aquí, todavía preguntamos: ¡Oye, cuate! ¿Qué culpa tiene el tomate?.

Presentado al XXII Concurso de Prosa, 2014 Excmo. Ayuntamiento de Los Molinos. (Madrid)