viernes, 28 de noviembre de 2014

Luna



Luna, colgada
sobre el proscenio
del Universo
que no es perverso
pues, muestra el genio,
de tu arcada
abovedada.

Luna, llanera,
alumbradora
de los caminos,
de peregrinos
que, hacia la aurora,
verán tu esfera
que reverbera.

Luna, gajito,
cuarto menguante
de noche oscura,
sombras y tuna,
amor y cante,
al que te invito
y al que no evito.

Luna,  grandilocuente,
esplendorosa,
olvidadiza,
pétrea, maciza,
lúgubre, ansiosa,
filón de mente,
del poeta... fuente.




Presentado al Concurso Literario de Poesía y Cuento "Horacio Quiroga", 2014. (Argentina).

El pueblecito



Hace ya muchos años, para los que empezamos a vivir nuestra particular sesentena, que había un pueblecito cerca de una gran ciudad castellana, humilde como, por otra parte, eran casi todos los de esa zona.
Se asomaba, con pudor, a una estrecha carretera pomposamente llamada "nacional"; la cual venía arrastrando su nombre y su pavimento, desde hacía ya muchos años atrás.
Tenía cuatro casas  mal contadas, dicho esto sin el menor atisbo de desprecio, y en mis lejanos recuerdos infantiles, aparece un farol único a modo de referencia a la entrada, más bien pasada, que anunciaba que allí moraban personas.
Ya he dicho que yo era pequeño y no soy de allí; es posible que esa fugaz impresión en mi memoria, no sea más que eso: una impresión.
Sí recuerdo, entre esos retazos de la memoria, inundaciones producidas por las lagunas, entonces salvajes y a su libre albedrío, que cubrían un tramo largo de la,  ya mencionada anteriormente, "carretera nacional".
Y no tengo más recuerdos de aquél pueblecito.
Mi familia se marchó de la zona y volvió al cabo de cinco años, en los que ese pueblo, como España en general, había cambiado mucho.
 La siguiente vez que pasé por la remozada carretera, me costó trabajo reconocer por dónde iba. Ya había farolas; ya las casas se asomaban con cierto descaro a la carretera; se veía más gente deambular por la entonces calle principal como parecía que empezaba a ser la propia carretera, por la que era necesario circular como salida natural hacia Madrid, por ejemplo.
Se había instalado en la ciudad próxima una importante fábrica de automóviles y, aunque en dicha ciudad había un barrio por antonomasia poblado por los trabajadores de dicha empresa; la cercanía con ese pueblo hizo que, enseguida, se construyera una zona residencial cerca de él al que se mudaron muchos de los que trabajaban en la fábrica.
La urbanización, conllevó la "canalización" y embalsamiento de una laguna a modo de "memoria histórica", que hoy, en nuestros días, aún existe; eso sí, debidamente ajardinado su entorno y, de alguna manera, "encorsetada", pero bella.
 Primero surgió como algo aislado del pueblo en el que, poco a poco, acabó por integrarse; porque si algo tiene el lugar es su gente; castellana, noble, seria, dura, como su tierra.
Hoy es un gran pueblo; quizás "incómodo" para los viejos del lugar;  los que añoran, sin duda aquél farol, simplemente porque lo que echan de menos  es su niñez. En él no te sientes un extraño. Han sabido conjugar lo antiguo y lo nuevo en un peculiar cocktail de tomate y mango, de vino y ginebra, de gaseosa y tónica, de ayer y hoy.
Ahora  llegas por una estupenda vía desdoblada a aquella incipiente calle principal convertida en avenida, fuertemente comercializada y devenida, por méritos propios, en el eje económico y social de la villa.
Empiezan a quedar atrás esas tardes de jardín, coqueto, escondido de miradas, en pleno centro del pueblo y rodeados de niños gritando entre risas y juegos, tras una pelota o simplemente, jugando a "pillar".
Y sus fiestas son su máxima expresión. Sus peñas con viejas similitudes con  otras de otros lugares de la geografía española; la forma de divertirse; la manera de envolverte en ellas como un paisano más, los encierros, tus toros... una pequeña punzada me traspasa el alma al acordarme de ellos...
Hay días que ya no pueden volver, simplemente porque no están los sujetos protagonistas de los mismos. Habrá otros, sin duda, que nos dejarán otros sabores, siempre agridulces, pero no por ello hay que dejarlos pasar  porque conforman nuestra propia vida.
Seguirás acogiendo a cuantos se acerquen al entorno de tu iglesia  de Nuestra Señora de la Asunción, a bodas, funerales, bautizos o, simplemente, a elevar un momento los ojos y cruzarlos con los de tu Cristo de los Trabajos, demandando su benevolencia.
Seguid así, debe de ser ese  el camino.

Dicen que los castellanos, por nuestra propia idiosincrasia, somos personajes serios, adustos, parcos en palabrería,  de pocos amigos... pero los que tenemos lo son de verdad, para siempre;  y yo, tengo, en aquél pueblecito convertido hoy en un importante núcleo urbano, unos pocos.


Presentado al XXXIV Certamen de Cuento Corto de Laguna de Duero (Valladolid).

El pequeño con suerte



Queridos niños, esto es un cuento, que cuenta, como lo hacen los cuentos, una historia pasada que empieza "Había una vez..."
Pero me estoy adelantando pequeños; me olvidaba, que vosotros no sabéis lo que es un cuento porque, entre otras cosas, mi generación no os los ha enseñado por comodidad, por desidia, por cansancio...
Volvíamos del trabajo agotados y, preferimos, en lugar de estar con vosotros, abandonaros en los brazos de la televisión, del vídeo y, más tarde, de los videojuegos y ordenadores.
Sin duda. os hicimos más "despiertos", por los estímulos que, los videojuegos, enviaban a vuestros pequeños cerebros; eso, al menos, nos cuentas los sabios ahora y que, parece, que pueda ser una esperanza, a años vista, para que no os visite tan tenazmente, el "Señor Alzheimer"; ese vuestro infantil "hombre del saco" que vuelve a visitarnos cuando nos hacemos mayores y esta vez, se lleva en su bolsa nuestras memorias, dejándonos vacíos.
Pero no es disculpa. Entonces no lo sabíamos y os dejamos. No os dedicamos "vuestro" tiempo. Me explicaré:
"Había una vez..."  un niño que nació en una familia corriente de una sociedad corriente y en una época corriente  para entonces, claro.
Y ese niño, desde pequeño tuvo la suerte de que sus padres y la única abuela que llegó a conocer, le acostumbraran a no dormirse sin antes haber escuchado una historia, muchas, que trataban desde casitas de chocolate o caramelo a dragones y brujas, pasando por ratoncillos, cisnes,  princesas o caballeros andantes que "desfacían entuertos" y que tardó algunos años más en descubrir lo que aquella frase significaba; niños traviesos o, simplemente, relatos para aquél niño anónimos, cuyos "cuentacuentos"  se encargaban de edulcorar con maestría para que, además, ejercieran el efecto relajante que debían y, al pequeño, le llegara el sueño.
No siempre desembarcaba, Morfeo, cuando sus padres lo deseaban; no, y, más de una vez, tuvieron que turnarse enlazando con otro episodio como si de una carrera de relevos se tratara.
Mientras, en la cama de al lado, dos ojitos marrones se mantenían fijamente clavados en los autores de aquella pequeña representación escénica. Era su hermanita, quien succionaba, con fruición un chupete de goma color caramelo,  mientras retorcía un mechón de su cabello sobre el dedo índice de su manita derecha.
Le adentraron en un mundo de fantasía y a descubrir que, en esta vida, casi ninguna manzana está envenenada, que la verruga  en la prominente nariz de la bruja es ese lunar precioso que tiene la princesita cuando al final del cuento,  se transforma; que muchas piedras del camino de la vida,  bajo las sábanas, intentan asemejarse a aristados guijarros, cuando en realidad son sólo riquísimos guisantes...
Son cuentos que nos estremecen de pequeños y que luego, de mayores, les extraemos su jugo a modo de moraleja o, cuando menos,  nos han dejado metido en nuestro cuerpo un gusanillo para que el hecho de alargar unas manitas y coger un libro nos resulte un poquito más fácil.
Un cuento, queridos niños, que estáis obligados a leéroslo y aprender de prisa, con prestancia para que no haya otra generación perdida sólo entre naves del futuro cargadas de rayos láser.

No, no están mal esos nuevos juegos; me confiesan que a algún viejales, le gustan; pero con nostalgia, sigue recordando aquellos "Había una vez..." que fluían, cada noche, de unos labios muy queridos...


Presentado al VIII Concurso Internacional  "Angel Ganivet". Finlandia

Mediterráneo



Sí, al Levante le baña un mar inmenso,
cuyas olas le rozan con sus manos,
Mare Nostrum, llamado por romanos,
Mediterráneo ha quedado por consenso.

Agua tibia, color azul intenso,
que conoce de moros y cristianos,
hoy, esencia de valores hispanos,
que flotan en el aire cual incienso.

Mar hidalgo, fornido, mar coqueto,
mar antiguo de guerras, hoy amigo,
que sirves para hacer este soneto.

Mediterráneo viejo, fiel testigo,
del amor ancestral, noble y discreto,
que sientes a estas tierras, yo aquí sigo.




Presentado al XXIII Concurso de Poesía y Narrativa Villa de El Escorial "María Fuenteteja", 2014. El Escorial. (Madrid)

En lugar del otro



Cuando oigo que me dicen:
"haz lo uno o haz aquello",
me quitan casi el resuello,
por mucho que lo suavicen.

Si, en mi nombre, lo bendicen
y me llega al alzacuello,
no reparo descabello
que mis adictos maticen.

Anónimos, sintonicen
mi canal, sin atropello,
sin tirarse nunca al cuello,
antes de que me hechicen.

Contrapartida predicen
mis actos, con un destello
de empatía, sin rehuello,
que al prójimo prioricen.

Y, si algunos, me maldicen,
cojamos cual contrasello
y no hagamos el camello,
con palabras que idioticen.


Presentado al Concurso de Poesía "Versos para la Empatía", 2014. (www.manchoneria.es). Los Palacios y Villafranca  (Sevilla).

El Desmán de los Pirineos




Queridos niños, esta es la historia por su supervivencia de un animalito muy pequeño y poco conocido que habita en las grandes montañas de la península ibérica. Comienza así...
Zascandileaba de roca en roca, husmeando tras ellas, mojadas por las salpicaduras de las gotas del precipitado y cristalino arroyo de montaña, en un trajín habitual para su nerviosa vida.
El señor Desmán era uno de los escasos supervivientes de varias generaciones que había logrado su subsistencia a pesar del descomunal pillaje, durante años, del ser humano.
Habían empezado, estos hechos, muchos años atrás. Al principio la convivencia era pacífica. Nadie se metía con nadie. Todo el mundo respetaba todo. Algún trampero, aparecía de vez en cuando y en su afán de cobrar pieles de todo bicho viviente, llegaban a matar a alguno de ellos; pero la fecundidad de las hembras, era  suficiente  no sólo para  paliar esas bajas, sino, conseguir, incluso que la población prosperara.
Pero el hombre formó asentamientos cerca de estas corrientes. Ya se sabe que, por naturaleza y logística, el ser humano siempre ha buscado estar cerca de un caudal, pequeño o grande, de agua.
Nuestro Desmán, con su puntiagudo hocico,  no dejaba de buscar lombrices, larvas y pequeños crustáceos por sus dominios; en un ir y venir que asombraría a los más prestigiosos atletas humanos.
Era el mayor de su comunidad, el más viejo y sabio. Ese gen lo tenía que preservar para su descendencia; cuanto más ilustrado fuera, más carga de conocimiento llevarían escrito en sus cerebros sus innumerables hijos.
Esto le hacía ser más precavido. Sus peripecias, buscando alimento, no eran recorridos cargados sólo de gula; estaban marcados, sobre todo,  por una constante vigilancia a los depredadores  que campaban a sus anchas por aquél tramo de "su" arroyo.
Se sentía importante; la mera circunstancia de que él morara allí, otorgaba la vitola, a ese caudal, de calidad excelente; pues sólo en riberas y aguas vírgenes, sin intromisión del hombre devastador, era capaz de vivir el Desmán.
Soñaba, en sus rápidas pero profundas cabezadas, con que esa corriente, convertida mucho más adelante en río, pudiera servir de refugio, un día no muy lejano,  a sus nietos y biznietos; pues confiaba que la "peste negra" de la contaminación, acabaría por ceder ante un nuevo concepto sobre el tratamiento de la naturaleza que empezaba a enseñarse en las escuelas y colegios de los animales altos , verticales y enormes que parecían ser, los amos y señores de aquél universo de agua, hierba y piedra.
En sus frecuentes encuentros con tritones y salamandras, sobre todo, el tema de conversación siempre era el mismo; si llegarían a tiempo de ver unos torrentes más allá de los que ahora podían vivir  sanos; como para poder expandir los lugares de habitabilidad sus descendientes. Las ranas, por ejemplo, se conformaban con una condiciones de salubridad más precarias; pero, no obstante, se adherían a las pretensiones de los anteriores.
Esa era la auténtica preocupación de nuestro docto Desmán. Asumía, como norma de supervivencia transmitida en sus genes durante generaciones y generaciones, el permanente estado de alerta contra sus depredadores bien por aire: aguiluchos, búhos, gavilanes... como por tierra:  víboras, zorros o, incluso, algún lobo demasiado hambriento; así como alguna zancuda, muy entrometida, como la cigüeña, que con tal de incordiar, lanzaba picotazos a diestro y siniestro, si se la ponían a tiro.
Pero dentro de su lógica preocupación, sobre su cabeza recaía la responsabilidad de dejar como herencia a sus tataranietos el mejor sitio habitable posible, el señor Desmán, como era conocido y respetado en aquél torrente, intuía, por pura observación de su entorno, que un rayo de esperanza parecía asomar por la ladera de su montaña; justo en el lugar, donde cada amanecer empezaban a asomar los rayos de calor y vida, del astro sol.
Volvían a verse amplias zonas verdes y vírgenes; cada vez era más raro encontrarse con restos de bolsas de plástico o de latas; de vez en cuando, unos grandes pies con unas inmensas botas, sin duda pertenecientes a los grandes animales verticales, se paseaban por las diminutas riberas de los caudales de agua recogiendo aquellas cosas. Se preguntaba si es que esos seres comían aquellos siniestros elementos; pero una reflexión posterior observando cómo a los pocos días, donde había habido una lata, ahora, había crecido hierba y plantas, le hizo comprender que, al menos , no todos los animales que en su mundo eran conocidos como "los verticales", destrozaban su entorno. Un hálito  de esperanza se vislumbró en su pequeño cerebro.
Transmitió, en cuanto pudo, sus reflexiones, a sus compañeros de ribera y, aunque siempre había alguno algo más incrédulo, la palabra dicha por Don Desmán, como le nombraban sus más incondicionales, era tenida en cuenta y muy respetada.
Vivió mucho tiempo. Mucho más de lo que era normal entre los de su especie. Pudo disfrutar del resurgir de la naturaleza de su zona. Tuvo noticias, por terceros, de que las truchas y barbucones de aquellos torrentillos, cada vez se adentraban, más  y más por parajes magníficos; además sus nietos y biznietos, de vez en cuando, le enviaban emisarios para contarle hasta donde habían podido extender sus dominios...
Los "humanos", como les llamaban otras especies, ya no les perseguían; es más, vigorizaban sus riberas con diques de troncos para que, los hasta entonces escasos castores, encontraran, rápidamente, lugares donde hacer sus madrigueras; medían la salubridad de sus aguas con extraños aparatos e, incluso, llegaban a contar el número de larvas y alevines, de tal o cual especie en determinado punto del regato para controlar su saludable desarrollo.
Definitivamente algo había cambiado; Definitivamente, dentro de "los humanos" algo había tocado su fibra sensible que les hacía comprender que, sin aquellos regatos y torrentes de aguas cristalinas; que, sin salamandras y tritones en sus aguas, que sin desmanes de los pirineos en sus orillas, limpiándolas de larvas, babosas y caracoles, como orden natural de la evolución de la vida, no habría posibilidad de que esos otros espacios más cercanos a sus asentamientos; ríos, pinares, praderas... no tendrían lugar pues las aguas que bajarían de las montañas, vendrían prostituidas por los deshechos que portarían en su acuoso vientre.
El mundo, ya no era el de Jauja. El mundo, ya no era el de la Utopía. El mundo, volvía a ser...el que , cuando se creó, era.
Gracias, querido Desmán, por subsistir a nuestras necedades...
A lo mejor, chavales, está en vuestras manos el final de esta historia que ha empezado a ser realidad... ¿Queréis participar?


Presentado al II Concurso de Tema Libre Revista Archivos del Sur, 2014. (Argentina)

El señor Ginés




Empezaba a emerger el sol sobre el altozano que veía desde la ventana de su habitación, cuando él ya se había aseado en el lavabo de mano que tenía frente a su cama; y afeitado con la navaja de doble hoja, previo haber esparcido la espuma de afeitar, con parsimonia, untando, en la barra desgastada de jabón, la brocha bastante bien conservada; como lo hacía desde tanto tiempo atrás; como lo hacía desde siempre.
Era lo primera labor de cada mañana; o, para ser más exacto, de cada madrugada, día tras día, durante año tras año. Como un autómata.
Todavía en pantalones y con una camiseta sin mangas, independientemente del frío o calor que hiciera, Ginés saboreaba el café de la mañana, negro y sin azúcar, al que acompañaba con un currusco de pan, que él mismo guardaba, cada noche, para su desayuno.
Luego iba su primer pitillo. Los hacía él. Partía una quinta parte del cigarrillo que reservaba y con la otra liaba su propio "pito", con mimo,  ribeteando ambos extremos hacia adentro, para así que no disminuyera su firmeza mientras se quemaba.
Lo fumaba con reposo, como hacía todo en su vida.
Sus setenta y cuatro años cumplidos, le servían para tomarse el tiempo necesario en cada cosa que hacía, en cada trabajo que realizaba.
Nunca se casó. Hacía ya años que no tenía que demostrarse, a sí mismo, lo hombre que podía llegar a ser. En su juventud, tuvo cierto éxito entre las muchachas del páramo, de los pueblos de alrededor; pero no hubo ninguna que le hiciera interesarse, de una manera especial, por ella.
Su metro ochenta y tres de altura, ahora algo más menguada por los años, había supuesto un punto a su favor a la hora de ser "pasado revista" por las mozas y no tan mozas, en la juventud; pero él no las mostraba mayor interés; aunque siempre fue cortés con todas ellas, pues la educación recibida se lo imponía así.
Su tez, morena por naturaleza, y más por lo curtida que se encontraba del trabajo diario al aire libre; le daba un aspecto austero a su larga y enjuta cara que, pese a su edad, no tenía aún, demasiadas arrugas. El bigote blanco, estrecho y corto, le confería cierto aspecto de haber pertenecido, años atrás, al ejército; lo que no fue así, pues el único contacto que con él tuvo, fueron sus dos años de servicio en el Tabor de Regulares en Alhucemas, durante la mili; y de eso, hacía más de cincuenta años.
Aunque un tanto larguirucha su figura, bien podría pasar todavía, por una persona de complexión atlética. El pelo cano que conservaba en bastante proporción, lo llevaba cortado casi a cepillo. Había sido siempre así. La regularidad con la que visitaba al barbero, daba la impresión, a sus vecinos, de que no le crecía; simplemente que  lo tenía de esa manera.
Desayunado y fumado el primer cigarrillo del día, se calzó las botas de media caña que, día tras día, bañaba con grasa de caballo a la vuelta de sus quehaceres en el campo. Un postrer tirón, seco, de la lengüeta trasera terminaba por dejarlas colocadas como él quería.
En la entrada de la casa, de un pequeño perchero, pendía una boina que soportaba magníficamente sus años. La caló en su cabeza y salió a la calle. Antes, había recogido la azada que, pudiéndola dejar guardada en la caseta que para tal efecto tenía en sus tierras, él se empecinaba en llevársela a casa y hacer, todos los días,  el trayecto de ida y vuelta con el apero cruzado sobre su hombro izquierdo. Decía él, socarronamente, que le recordaba al "Máuser" de su lejana mili.
Era un pequeño paseo el que tenía hasta su terreno. A estas horas se cruzaba con muy pocos vecinos. De vez en cuando, algún conejo, asustado, brincaba de lado a lado por el camino, para esconderse entre los primeros hierbajos que le ofrecieran suficiente escondite.
Y empezaba las labores de cada día. Siendo, como era, el mes de mayo, tenía que comprobar que las hierbas no invadieran los surcos que, con gran esfuerzo, había ido haciendo a lo largo del año; y así, debía cuidar con esmero los ajos plantados por San Martín, a mediados de noviembre, y a quienes les faltaba casi un mes para ser recogidos, cerca de San Juan. La expectativas eran buenas. Tendría una excelente cosecha de ajos, salvo traicionera nube de granizo; con la que siempre había que contar: "...el tiempo es el tiempo...", se repetía casi mecánicamente.
Había comenzado a plantar los tomates y le quedaba una hilera que terminó a media mañana. De vez en cuando, miraba al cielo, libre de nubes, y le escrutaba minuciosamente, por si se le había escapado algún punto que detectara una nube en ciernes. Pero no había nada. Fiel a su botijo de loza blanca, de cuando en vez, daba un pequeño sorbo de aquél agua fresca y proseguía su labor.
A media mañana, sacaba un rebojo de pan blanco del día anterior y un trozo de queso, tirando a duro, que todos los días llevaba envuelto en un trapo; y con su afilada navaja, la de siempre, cortaba tres o cuatro trozos de aquél queso que le servía de almuerzo y que terminaba justo a tiempo de dar las doce. Momento en el que se ponía de pie, se descubría la cabeza y permanecía un par de minutos, absorto, mirando al suelo. Era su manera de rezar el "Ángelus".
No frecuentaba la iglesia; iba de tarde en tarde; pero nunca dejó pasar, a lo largo de su vida, esos dos minutos de los que nadie, jamás, supo lo que por su cabeza pasaba.
Reanudó su tarea plantando dos hileras más de berenjenas y tres más de pimientos.
Al otro lado del pequeño camino que dividía su huerto, se veían, ya crecidas, plantas de guisantes en flor; a las que las faltaba ya muy poco para reventar sus vainas y ofrecer sus jugosos frutos.
Sudaba; constantemente sacaba su pañuelo ribeteado por listas azules de diferentes tonalidades y trataba de limpiarse el sudor que, bajo el cerco de la boina, se acumulaba. Otro trago del botijo y a seguir.
En esas estaba cuando sacó del bolsillo del pequeño chaleco que había colgado de un tocón que sobresalía en la rama de uno de los almendros que rodeaban el huerto, su reloj de cuerda; herencia de su abuelo materno, y comprobó lo que, hacía segundos, con sólo mirar la posición del sol ya sabía: las dos de la tarde. Hora de recoger  y marcharse a casa a comer.
Entró en casa, dejó cuidadosamente apoyada contra la pared su inseparable azada, en el zaguán y fue al lavabo a refrescarse cara, brazos y torso. Se mudó la camiseta sudada por otra limpia y entró en la pequeña cocina.
Sobre la mesa, impecable y amorosamente puesta por su hermana, había en un cuenco una refrescante ensalada y, como plato único, unas patatas guisadas con chorizo; porque aunque ya empezaba a hacer calor, se necesitaban energías para continuar con las labores de su huerto.
No era comilón. Lo que  sobró, lo guardó en el frigorífico. Le serviría de cena.
Dos melocotones terciados, fueron el postre. Apuró lo que le quedaba de vino, enjuagó el vaso y, en el mismo se echó café, aún templado, que su hermana le había hecho en una cafetera "italiana".
Encendió un pitillo y se sentó un rato saboreando, con la misma dedicación que había puesto al primero del día. El resto, no los había disfrutado.
Se quedó traspuesto. Era la rutina. Todo estaba controlado.
A la hora y sin necesidad de comprobarlo en su reloj, se acicaló un poco y, una vez más, azada al hombro, se encaminó hacia su "terruño".
Continuó con la hilera de fresas, quienes empezaban a  colorear la segunda remesa de frutos; luego las acelgas, recogiendo alguna hoja más desarrollada; después dio "una azada" a los puerros para acumular un poco más de tierra sobre sus tallos; a continuación controló las cebollas; escardó las lechugas y eligió dos para llevarse. Una se la daría a su hermana.
Por último, comprobó las mangueras del riego. Le tenía automático y de goteo; pero, aunque reconocía que las nuevas tecnologías favorecían, de una manera más privilegiada y, desde luego, ahorrativa, los cultivos; fiel a lo que había visto toda la vida en casa,  una vez a la semana gustaba de inundar, a la vieja usanza, los canales naturales abiertos entre hilera e hilera de plantación. Algo tenía y debía conservar de sus ancestros.
Se encontraba cansado y sudoroso. Regar era la última acción que realizaba cada día en su huerto. Era la manera de que el agua se conservara más tiempo; que no se evaporara sin llegar a dar el beneficio necesario a las plantas.
Se secó el sudor con el pañuelo y lió el último cigarrillo de aquella jornada laboral. Estuvo un buen rato, mientras fumaba, observando si había alguna tarea que se le había olvidado o que estuviera mal hecha.
Aplastó la colilla, con sus botas, contra el suelo. Se deleitó con un último trago del agua fresca del botijo y, "arma al hombro", con su azada, retrocedió, tranquilo, como era todo en él, en su vida el camino de vuelta a su casa.
Una vez bien lavado y quitado el polvo acumulado a lo largo de la jornada vespertina, y ya casi de noche, se tomó las sobras que había dejado de la comida acompañada de una tortilla francesa, tapada entre dos platos y casi fría, regado todo ello con un vaso de vino. Uno sólo. Era suficiente. El postre de la cena era, desde niño, un vaso de leche.
Una vez cenado, se sentó en la mecedora del porche interior que daba a un antiguo corral, hoy, a medio  reconvertir en jardín, y prosiguió la lectura del libro que, desde hacía meses, trataba de terminar. No había manera; un par de hojas era lo máximo que conseguía mantenerse despierto.
Con la misma tranquilidad, dejaba el libro, con cuidado, sobre la mesa de la entrada de la casa desde el jardín; su sitio y procedía a las labores de aseo propias antes de acostarse.
En camiseta sin mangas y sólo con el pantalón de pijama, se enfundaba entre las sábanas mientras recorría su interior y daba las gracias por haber vivido un día más...

Presentado al Certamen de Relatos Cosecha EÑE 2014. Madrid