martes, 27 de octubre de 2015

Virgen de la Vega. (Haro)


Un año más te maquillan,
te enjaezan y engalanan;
tus camareras se afanan,
los fieles se arrodillan,
a tu paso se encandilan;
por tu recorrido manan,
de gargantas que desgranan
piropos que amor destilan;
no importa sean creyentes;
no importa su condición,
cantan todos la canción
al unísono, conscientes
de ser un himno sagrado
por jarreros diseñado.



Para el XLIII Concurso de Piropos a la Virgen de la Vega de Haro. Cofradía de Ntra. Sra. Virgen de la Vega de Haro. (La Rioja)

Desvencijado



En un rincón en penumbra de un antiquísimo desván, entre una variada gama de cachivaches de muchas épocas entremezcladas que no conservaban en absoluto su pasado resplandeciente, asomaba tímidamente su dislocada cabeza de hojalata por la que salían, de una manera desordenada, muelles y contramuelles en todas las direcciones imaginables; haciendo difícil ser reconocido por quien, en aquellos momentos, revolvía ese trastero.

El propio montón de chatarra hacía lo "humanamente" posible por mantenerse fuera de la mirada del inoportuno husmeador.

Las manos de éste terminaron por apartar los últimos trastos dejando al descubierto, sin amparo posible, al desdichado montón de chapa.

Se ruborizó, a su manera, al ser descubierto en su estado lamentable. Recordó cuando, unas décadas atrás, sus servicios eran esenciales para el buen desarrollo diario de aquella casa; la suya.

Ahora, arrinconado por otros elementos mucho más evolucionados de su especie, para él, faltos de su propia naturaleza, languidecía en aquél escondite.

Los ojos del visitante se detuvieron un instante observando aquel arsenal de láminas metálicas y tornillos con herrumbre. Sintió un amago de misericordia y lo tapó con un rebojo de papeles de periódico.

Apartó rápidamente los papeles para echar un último vistazo al objeto y lo volvió a tapar, creyendo, por un momento, haber visto algo anómalo. Se fue.

En la penumbra ¿es posible que una pequeña lágrima se escapara de aquél ser arrinconado?



Para el I Concurso de Relatos de Ciencia Ficción Bajo la piel. Carpa de Sueños. Editado en Antología.


Sutiles trazos


Miraba al cielo; hacia arriba. A un cielo azul intenso; fondo azur, cubre cuarteles, dibujado en el escudo heráldico de la bóveda celeste inmensa, descomunal, incalculable, de un día de una ya tardía primavera airosa; lo que conseguía mantener el tono limpio de ese océano aéreo.

Atardecía y contemplaba los raíles algodonosos, como los de los puestos Feria, cual hilos de lana que unos aparatos voladores se atrevían a manchar sobre aquél lienzo gigantesco. Y lo hacían sin pudor; son ellos los reyes, al menos materiales, dueños de ese espacio; son los pinceles que dibujan con sus estelas, las formas abstractas rectilíneas, casi arquitectónicas que se entrecruzan, rozándose, a los ojos de un espectador a miles de kilómetros de distancia de ellas; aunque entre sí, a penas lleguen a vislumbrarse.

Pero para el testigo, casi embobado, de tierra adentro; del que contempla esa pinacoteca que es el firmamento, tal o cual trazo le trae a la memoria aquél otro realizado por unas manos de carne y hueso; no de acero y fibra de carbono.

Y, absorto, seguía contemplando el matiz rosáceo, casi rojizo que, paulatinamente, iban adquiriendo aquellas rectas geométricas de tiralíneas en un trasiego, inconsciente para el mundo estético, de aparatos voladores con una misión muy distinta a la del arte.

El sol jugaba su papel administrando caprichosas tonalidades a medida que se retiraba a descansar una noche más, hacia su ocaso;  canjeando los rojizos por dorados que, poco a poco, desaparecían ante mis ojos como si hubieran sido tatuados con tinta invisible.

Cayó la noche. Las estrellas relevaron a la luz del astro sol, reflejando, eso sí tímidamente, el haz que las llega desde la eternidad; y salpican un cielo que crea otro lienzo muy distinto: de hora bruja, irreverente, particular, mucho más íntimo; pero apacible y de descanso a una vista ya cascada por el tiempo.


Tras el descanso, la aurora, con suerte, volverá a regalarnos los dibujos rectilíneos de los metálicos pinceles que, si se alían con el viento, puede que jueguen a entremezclarse con vedejas  vellosas agrisadas en un juego de aquelarre con grotescas figuras propias del mismísimo Goya. 



Para la Segunda Edición del Concurso de Relato Corto Villa de Lerma. Departamento de Cultura del Ayuntamiento de Lerma. (Burgos).

La barbacoa


Abandonada a su suerte, en un rincón del jardín, esperaba pacientemente su momento. Y éste era el día; su día.


Un manguerazo no demasiado generoso, seguido de un secado con esmero, marcaron su punto de inflexión...y de partida. Las sardinas llegaban...



Para el V Concurso de Micro-relatos ACEN. Seleccionado en una Antología.

Tocado


No es preciso ser muy "lince", aunque en este caso sea ibérico por aquello que nos toca más de cerca, para saber que una cultura se mantiene en el tiempo con los cuidados del resto de la humanidad; no ya sólo los oriundos vigilantes cuyo ancestros la formaron; sino el resto de los mortales, visitando sus vestigios y colaborando económicamente, con los programas de ayuda que se fomentan desde distintos organismos.

Pues vamos nosotros, o al menos una buena parte de nosotros, y cual bárbaros de los albores de la Edad Media, nos dedicamos a minar los alrededores de ciudades casi prehistóricas para cargárnoslas en un acto muy anticuado y felizmente casi desterrado de hace años; aquello de ni para mi, ni para nadie.

¡Qué animales! Es una epidemia con muy difícil vacuna. La imbecilidad, atroz por otra parte, ha comenzado en Oriente Medio. Personalmente no me extrañaría que un mal día un energúmeno en nombre de un Dios, que tiene bigotes la cosa, prenda una mecha en Guiza y nuestra desnarigada esfinge salte por los aires para no volverse a levantar.

¿Somos capaces de imaginarnos a un italiano o griego de nuestros tiempos cargándose a martillo pilón el Circo Romano o el Partenón?

¡No, verdad! Pues algo falla en la cultura medio oriental si son capaces de hacer y fomentar, cuando no consentir, estos actos vandálicos.

Apoyemos a los que se rebelan o serán fagocitados por esas hordas.



Para el III Concurso de Micro-relato Purorrelato Casa África. Consorcio Casa África.


Volví



Pasaron los años. Llegué con mi flamante automóvil por una carretera ancha y recién alquitranada; por la que las ruedas de mi vehículo se deslizaban grácilmente, como no queriendo mellar la pátina de brea del asfalto.

No lograba recordar, gracias al nuevo trazado de la carretera, casi ninguna de las estampas que ante mí aparecían a cada instante. Todo estaba fuera de "su" lugar. Me calmé, o al menos lo intenté, obligando a mi cabeza a discurrir, argumentándole una y otra vez, que esa nueva posición de la carretera, evitaba volver a ver las diapositivas que mi mente conservaba de aquellos parajes.

Y en esas cavilaciones me encontraba mientras el motor del coche acompasaba monótonamente, cual timbal de remeros de galera romana, a las mismas; como anunciándolas que no se desgastaran mucho en imaginar otras fotografías en blanco y negro, ya que las que teníamos ahí delante, en color, eran, a fin de cuentas, las que contarían a partir de esta visita. Las otras, postergadas por el paso de los años y de los avances sociales y culturales, darían un paso atrás, sumisas y conscientes de lo que nosotros, los hombres, llamamos evolución.

Y no me equivocaba. Abandoné la carretera en el indicador que marcaba a dos kilómetros mi destino. Antes, no había desvío. La carretera lamía las tapias de las traseras y de los corrales de un lado de la localidad. Ahora desde el pueblo, se adivinaba, tímidamente, por dónde discurría.

Llegué. Eché el pie a tierra y tuve que hacer esfuerzo para enviar la orden a mis pulmones de que tomaran aire ¿Dónde estaba?

Había llegado, no había duda, a la plaza de mi pueblo. Y digo que no había duda, salvo error del navegador del vehículo y de los indicadores que marcaban, claramente, el nombre de mi patria chica. Pero fuera de esa cuestión tácita, el entorno, a simple vista, no se parecía en nada al recuerdo que en mi cabeza perduraba a través de los años.

Viré en torno mío y al frente apareció la silueta inconfundible del Ayuntamiento. Un fuerte latido de emoción sacudió mi pecho y, de retruque, el resto del cuerpo recibió la onda expansiva generada amortiguándola poco a poco.

Un par de ancianos, sentados plácidamente en uno de los bancos de la plaza, comentaban los últimos acontecimientos acaecidos en el lugar. Oí a uno de ellos que decía en ese momento: Y al pobre Serafín, el alcalde, cómo se le apañó la vida en un momento, ¿eh?. Me di por enterado de que aquél alcalde "de siempre", el pobre había pasado a mejor vida.

Y la cosa no iba a acabar ahí. Las iglesia, la coqueta iglesia, permanecía gran parte del día cerrada. Al cura enamorado de mi pueblo y sobre todo de los carajillos y de las ceremoniosas partidas de mus, los años le habían enviado a un casa de retiro junto con otros compañeros de quinta. La escasez de vocaciones, además, hacía que un párroco de una feligresía distante treinta kilómetros tuviera que andar yendo y viniendo como un corre caminos. Otro matiz más que diferenciaba la idea que mi cabeza retenía de aquél lugar...

Me dirigí al bar a tomarme una caña. La garganta no sé si estaba reseca por el calor del día o por el extraño sabor acre que se enroscaba en ella queriéndola ahogar. Y el día  se había tornado chungo. No había acabado de entrar en la estancia, cuando algo me hizo parar en seco. Me había equivocado, no cabía duda: aquél no era mi bar. Otro, de otro corte, indudablemente más moderno, se había aposentado donde antes estaba "el de toda la vida". Un chaval de veintitantos años ocupaba el espacio del otrora bondadoso vinatero de hacía apenas década y media. No seguí. No tenía ánimo. Volví sobre mis pasos.

Intentaba abandonar aquella plaza cuando mi subconsciente dio la orden a mi  vista para que paseara la mirada sobre un local que, como el antiguo café, debía de estar cual centinela de un pasado y mi, ya no sorpresa, fue contemplar cómo dónde la última vez que habían visto mis ojos un estanco con la bandera nacional, antiguo paradigma de aquellos establecimientos, y reconvertido por obra y gracia de una anciana con ganas de adecuarse a los nuevos tiempos, otros, ahora, convertido en un "locutorio", regido por un extranjero y con cierto éxito, debido al creciente asentamiento , en el pueblo, de emigrantes de otros confines.

Eso sí, la fuente que dirigía casi sinfónicamente al conjunto de la plaza, se mantenía erguida dignamente, incluso en sus reducidas dimensiones. Algo, al fin, que recuperaba los fotogramas del pasado...

Me dirigía hacia el vehículo cuando me crucé con dos abuelos que hablaban animosamente y al pasar junto a ellos, uno, con la mayor naturalidad, dijo en alto : " Ve con Dios, Marianín". Y no supe quién era él, pero no cabía la menor dudad de que me había reconocido. Pude haberme acercado a saludarlo, pero preferí irme del pueblo que me vio nacer con el regustillo de aquella salutación, propia del día a día;  y pensar que nunca me había ido de allí.


Para el IV Concurso de Relatos Cortos Plazuela de los carros. Asociación Cultural “Plazuela de los carros”. Torralbilla. (Zaragoza).


Pureza


Blancura virginal
que con mis pétalos pliego
con mimo, con sosiego,
sobre mi Santo Grial;
el candor
de mi color
de tez casi angelical
me mantiene inmaculada
albo, pálida, nevada
como una toga,
que se desfoga,
cambiando el negro, por una blanca,
sonrisa franca
que te ahoga.




Para el XXXVII Certamen Literario de las Fiestas Populares de Bargas, 2015. Ayuntamiento de Bargas. (Toledo).