martes, 15 de diciembre de 2015

¡Bicho malo!



Aquella sombra deforme, de un sin fin de patas, avanzaba despacio, saboreando su apetitosa pieza, recreándose en la suerte,  hacía nuestro infortunado Adrián, quien, despavorido, era incapaz de moverse hacia un lado u otro en busca de lo que, sin duda, podía ser su salvación.

El pánico le atenazaba por completo su diminuto cuerpecito. La masa deforme y negra avanzaba parsimoniosamente hacia lo que iba a ser su cena, relamiéndose de gusto ante tal perspectiva.

Adrián pestañeaba, repetidamente y se restregaba los ojos  para ver si conseguía, de aquella manera, lograrse quitar de su retina la visión siniestra que tenía frente a él; pero por más veces que lo hacía, al abrirlos, volvía a estar la fantasmagórica figura. Todo era en vano.

El tiempo pasaba e iba contra Adrián. La gran mole sombría, avanzaba cruel hacia él. No había duda de que era su final. Sería pasto de aquellas mandíbulas exploradoras de carne fresca.

Sudaba; con ese sudor frío que se produce ante situaciones límite. Ese sudor que baña un cuerpo, cual condimento sazonador de un bocado aristocrático.


Un atisbo de luz encendió la escena y su vida. ¡Hijo, tranquilo, soy mamá!. Es sólo un sueño.


Para el III Certamen de Micro-relatos Fantásticos y de Terror. Cotxeres de Sants. Barcelona.

Lugar



Agua y tierra,
polvo y sol,
brisa marina,
algún frío invernal
hacen de tu litoral
una hermosa vitrina
blanca o de color charol
que al corazón se aferra.

Lugar lejano
y adyacente,
distante y al lado de uno,
lugar de ensueño;
tu dueño,
el cristiano y el moruno
albergaron a tu gente
en su mano.



Para el III Certamen Internacional de Poesía y Relato Corto, María Eloísa García Lorca. Unión Nacional de Escritores de España (UNEE). Melilla

De paso







Llevo años recorriéndote, en el deambular de mi vida cotidiana. Estás ahí imagen,  puesta por manos que formaron tu estructura año a año.

No te mueves, instantánea en blanco y negro. Perpetua hasta que el hombre o el tiempo, decidan cambiar tu trayectoria.

Paso por ti hacia el Mercado. Mañanas de bochorno o frío extremo. Bajar es siempre fácil, si no hay hielo. La edad, acomoda el gusto a lo más cómodo.

Bajar es más sencillo, más placentero.

Recojo las viandas del día y cargado retorno mi camino; desando lo andado y te veo.

Allí sigues. Una docena de peldaños dañan mi vista y mi cuerpo; hay que subir. No queda más remedio.

Te estrechas intentando desanimar a mi cuerpo y más a mi voluntad. Venzo al deseo que me empuja a no hacerlo. Obstinada, me provocas con una sonrisa burlona que siento en mi interior. Me llamas procurando provocarme. Pico. Media sonrisa aparece en mi cara fatigada, llevo un rato ascendiendo ante ti.

Me enseñas tu farol forjado en hierro. Señuelo de una pesca mañanera. Y pico. Comienzo a ascender las escaleras comprimidas entre muros que conforman tu silueta.

Descanso a la mitad. Un par de toses delatan a unos bronquios que se revelan ante el esfuerzo; mientras un ronquido al ralentí, denuncia a un motor fuera de punto. Es el mío.

Jadeo. La cuesta, pícara, me ha vuelto a poner la zancadilla; cariñosa, tunanta; granujilla que, melosamente, me guiña el ojo. Me provoca para que no deje de pasar ni una mañana por su itinerario. Es una bruja. Me tiene hechizado y ella lo sabe.

¿Y el cielo? ¿Cómo está? En la monocromía de mi vista, en blanco y negro, no atisbo a ver su color.

Podría ser un blanco-gris, casi plomizo, anunciador de nieves, portador de fríos invernales que intentaran detenerme, por medio de un  manto níveo y puro para dejar de ver, por unos días, tu silueta.

Cabe la posibilidad que ese tono blanco que plasma la imagen en mi retina, sea la luz cegadora del astro sol; también con aviesas intenciones de debilitar mi ánimo ante el tórrido calor si voy a verte.
Frío y calor al chocar con la pared de tu vera enyesada, se reverberan y proyectan al muro de enfrente; fornido, de piedra, que los absorbe y mitiga para que el andariego que, cada día, trasiega por tu circuito padezca, en menor medida, los rigores del clima del lugar.

No hay por qué jugar a este juego, si no es por el simple placer de divertirnos en un mar de guiños, arrumacos, carantoñas y mimos que cada mañana me dedicas; y que yo, enamorado confeso de esa escalera, de tu farolito alumbrador de noches de juega o de luto, de besos u odios; de la ventana enrejada a lo pobre, sin una mala flor que te embellezca; o de las piedras graníticas y grisáceas que ennoblecen, un tanto, tu porte. Yo, ese transeúnte anónimo, garantiza ante tu figura que volveré a pasar cada mañana, camino del Mercado, por tu vereda; bajaré con ánimo, subiré sin resuello los escalones que me brindas y , al abrigo de los muros  que estilizan tu silueta, me abrigaré de fríos o aliviaré de los calores que, según la estación del año, me envíen los cielos; esos cielos que en mi retina, no adivinan a desvelar de qué color son.

Calle de pueblo; callejuela de recuerdos adosados como rémoras a una memoria baqueteada ya por los años. Farol imaginario, no de forja, que marca el camino a las incipientes divagaciones de los recuerdos.

Ronda aldeana, te pavimentarán con una lechada de cemento si el presupuesto es corto; te embaldosarán o, con suerte, enlosarán tu camino con piedras de la misma hidalguía de las de tus casas. Sea como sea, no pierdas tu sello. Sigue ahí, en mi camino al Mercado, obligándome, día tras día, a subir y a bajar por tu regazo estrecho, por tus peldaños pétreos, rectilíneos, a extraer una sonrisa golfa de mis labios mientras te recorro; notando en mi nuca, tus ojos clavados en mí; y en tu cara, maquillada cada cuatro años en tiempo electoral, dibujado el gesto complaciente al ver que, una vez más, paseo por tu trazado...

Baluarte del lugar, silencioso y tímido. No pregonas al viento tu presencia. No lo necesitas. Callejón real, sin pretensiones. Bajada hacia el Mercado transitada por vecinos que encelan mi corazón por compartirte. Rúa a fin de cuentas perdida en un pueblo que es el mío. El que me vio nacer. El que, algún día, sabrá que me he ido.

Tú seguirás allí. A la intemperie, centinela de idas y venidas, algunas al Mercado. Volverás a guiñar el ojo a quien te inspire cariño, ternura o simplemente el azar que escoja a otro caminante, sin sexo, a quien invitar zalameramente, a transitar cada día por tu calle, que seguirá teniendo una docena de escalones, quizá remozados, quizá no sean de piedra; quizá la casa enfoscada de yeso dé paso a una, más moderna, de ladrillo caravista. Quizá algún edil, sin muchas luces, apague definitivamente tu farol. Quizá le sustituyan por un esperpéntico haz de luz fuera de lugar en ese rincón.

Sea como fuere, seguirás ahí, dando el paso a unos vecinos errantes que te atraviesan camino de más allá...

Hacia el café, hacia la plaza, hacia el bulevar; hacia el otro lado con afán conciliador de aunar la parte de arriba con la de abajo; de sumar, nunca restar. De mañanas domingueras de arrumacos juveniles rápidos en tus peldaños al resguardo de miradas curiosas de progenitores.

Estarás ahí, dando el relevo a nuevos pasos que recorran, titubeantes, tu estera pavimentada...

Volverán aquellos pasos de niño hechos adulto. Volverá a haber un elegido al que, tras un guiño tuyo oportuno, seduzcas y le hagas un incondicional de tu trayecto, de tu camino.


Volverá a pasar un simple vecino, como yo, por tu vereda ¿Quién sabe? quizá buscando un paso y un requiebro, hacia el Mercado.




Para el X Concurso Ars Creatio Una Imagen en Mil Palabras. Sobre Foto. Torrevieja. (Alicante)

El cardo y la rosa





Pugnáis, como colosos en la arena,
de un campo tapizado ya de verde
desde el tiempo que la memoria pierde,
en noches diáfanas de luna llena.

Uno luce casco espino, cual almena
blindada por saetas de la muerte;
la otra, inofensiva, su tallo muerde
con un dulce punzón que envenena.

Al cielo os eleváis altivas flores,
buscando el aire limpio de la vida
desafiando vuestros bellos colores.

Al tiempo que cogéis fuerte la brida
sembrados por la brisa los olores
de un cardo y una rosa aguerrida.



Para el V Concurso Literario de Poesía y Cuento Horacio Quiroga. Sociedad Argentina de Escritores. (Argentina)

Aquél primer rosal




¿Qué interesa el porte de tu tallo?
Es igual, sea recto o sinuoso,
lo que importa es el ápice espinoso
que causó al homínido escandallo.

Era simple; sus formas aún remotas
privadas de las de hoy, con más esencia,
y cruzadas por el hombre con su ciencia,
en pos de alcanzar las más ignotas.

Y es que , en lo simple, está lo más hermoso;
aquello que creó alguien divino,
de pétalos rosáceos; milagroso.

La evolución, cambió aquél espino,
en aras de algo mucho más juicioso,
más sin el aire de verso lorquino.



Para el 6º Certamen Internacional de Poesía Literarte, 2015. Ediciones Literarte. (Argentina)

Fantasía



Yelmo calado
armadura brillante
penacho al viento
no hay duda; delante:
un príncipe de cuento.




Para el III Concurso Poesía Talento Comunicación.

Atractiva margarita



Albina, pura, amarilla,
con vestidura papal,
alfombras el manantial
con tu librea en gavilla
humilde, simple, cabal,
luces, como si un gran fanal
alumbrara tu mantilla,
ésa, color manzanilla,
en noches de carnaval,
guardada bajo sombrilla,
como el Santo Grial.



Para el IX Concurso Literario Internacional "Ángel Ganivet". (Finlandia).