miércoles, 28 de septiembre de 2016

Mares verdes



El mar verde está en calma;
una brisa perezosa
al ritmo de esta glosa
apacigua el alma.
Desde el otero
contemplas  el oleaje
que blande, a modo de paje,
un Eolo zalamero.

Y vuestras ápices,
acompasados al viento,
pintados como en un cuento,
por tintados lápices.
Así es el mar interior
de nuestra tierra arrugada,
vieja, ancestral, quizá ajada...
salpicada de color.


Para el VII Concurso Internacional de Relato Corto y Poesía, Caños Dorados. Asociación Cultural Los Caños Dorados. Fernán Núñez. (Córdoba).

Vanidosa


Altanera, petulante,
satisfecha, agradecida,
pináculo vertical
de aspiración celestial
que tu jardinero cuida
con la humildad como guante.

Eres la hija triunfante
de una semilla huida
de una manera casual
y que tu rojo dorsal
un uno luce campante.

León, felino rampante,
tirado por una brida
que resulta ser vital
y pasa a ser la señal
que te vuelve más radiante.

Y a lo sobrenatural
quieres trepar aburrida
de una existencia banal
y que te sirva de aval
una belleza adquirida
que será sólo eventual.


Para el XXXIX Concurso de Poesía, Espiga de Romanillos. Peña Cultural Recreativa Romanillos de Medinaceli. (Soria).

Tomás


Tomás miraba a la vida desde su rincón de aquél café de rancio abolengo, mientras daba vueltas irreflexivamente, al de moca que bailaba al son de una cucharilla que, afanosamente, buscaba disolver un azucarillo que a Tomás se le había olvidado echar.

A su derecha, un manojo de folios apilados, esperaban pacientemente, que el eterno escritor, bajara de inspeccionar sus particulares nubes y engarabatara, a modo de excusa, unos cuantos renglones que tatuaran la insolente virginal blancura de aquellos papales.

Pero Tomás estaba en su mundo. En su otro mundo. Volvió al terreno al tiempo que sus labios degustaron y constataron el amargor de una infusión desprovista del mínimo atisbo de dulzor. Le faltaba el punto que él anhelaba para su propia vida.

El cafetín, pintado de un verde pálido la media pared que sobrepasaba la otra revestida de madera oscura, trataba de conservar el glamour que unas cuantas décadas atrás, había llegado a tener. Pero era un espejismo anacrónico; ni los dueños estaban por la labor de gastarse un sólo euro en una remodelación más o menos digna, ni parecía que, la clientela, gustara de entrar en aquél local; salvo unos cuantos que, bien por la pijotería de tomarse una copa en un sitio retro, bien por pura rutina, se dejaban caer con cierta asiduidad, por aquél espacio casi intemporal. Menos Tomás. Parecía que en su rincón, era dónde mejor conectaba con las musas; aunque, la verdad, sus musas se dejaban ver de cuando en vez...

La estilográfica descargó una gota azul sobre el inmaculado pliego dibujando una estrella que a medida que se acercaba a sus puntas el color perdía intensidad. Cerró su pluma mientras mascullaba un juramento al comprobar que varios de aquellos folios estampaban casi la misma estrella en el mismo sitio; como si de una fotocopia se tratara.

Comprobó, otra vez, el gusto de su café y se cercioró de que aún no le había echado la correspondiente dosis de azúcar. Con medio terrón era suficiente. Se trataba de aminorar, un poco, el excesivo amargor de la tisana.

Su quimérica nube bien pudiera estar, físicamente, mucho más cerca que los camareros y habituales clientes del local pudieran imaginarse.

Reservó la mitad de ese azucarillo y volvió a caer en su aparente letargo, totalmente controlado por su cabeza. Esperó pacientemente. Cualquiera creyera que en su postura, totalmente hierática, se escondía el grado de concentración que hacía que las musas acudieran a él en tropel; casi al toque campanil de arrebato; nada más lejos de la realidad; los folios ahumados por el ambiente del local, habían perdido parte de su virginidad no ya sólo por el chapón de tinta azul que una buena parte de ellos lucían, sino porque, lentamente y de manera silenciosa, una fina capa mezcla de grasa y humo se depositaba en sus hojas como si de un forro de libro colegial se tratara.

Permaneció un buen rato impertérrito, dirigiendo, a intervalos, su mirada al cercano rincón que formaba el ángulo de dos paredes y allí abajo, lejos de las indiscretas miradas  de los moradores circunstanciales de la estancia, un ligerísimo movimiento atrajo, por fin, la mirada de Tomás.

¡Allí estaba, por fin! ¡Ya era hora! ¡Dónde habría estado metido durante ese tiempo de espera! ¡Se había retrasado!

Una diminutas orejitas asalmonadas seguían un hocico rosa que, como si tuviera vida propia, olisqueaba cualquier elemento que le saliera al paso, titubeante; mezcla de prudencia e intenso miedo, pero enérgicamente predispuesto a recoger su ración cotidiana de golosina que aquella mano, inmensamente grande para él, le acercaba hasta casi tocarlo cada día.

Nadie parecía prestar atención a aquella escena. Tomás se agachaba lentamente desfigurando su movimiento con un ligero toque a los cordones de sus zapatos, perfectamente anudados, para llegar un poco más adelante de ellos y depositar, al amparo de la pata de su silloncito, la preciada chuchería.

Acostumbraba a empezar a roer, en un gesto de clara glotonería, el terrón en el mismo momento; hasta conseguir hacerle lo suficientemente manejable para poderle transportar a su pequeña guarida en las profundidades del salón. Pero aquella tarde el ratoncillo en cuanto tuvo el tesoro a su alcance, salió con una rapidez hasta entonces no utilizada, lo aprehendió con bastante maña y desapareció por la minúscula ranura que se dibujaba entre dos tablas que acolchaban la pared.

Un gesto de desencanto se asomó al rostro de Tomás. Le hubiera gustado disfrutar un poco más de la presencia de su interesado amigo. Sin duda algo le debía de reclamar con necesidad imperiosa, para cambiar tan radicalmente las costumbres el animalillo.

En esos pensamientos estaba, cuando se percató de la delgadez que, en aquella rápida visita, había notado en su compañero ¡No había ninguna duda! Era una hembra y la urgencia por volver a sus aposentos estribaba  en la camada que, sin duda, le esperaba en el nido formado por trozos multicolores de hilos, entresacados hábilmente,  de las chaquetas de los visitantes humanos a lo que consideraba sus posesiones.

Tomás volvió a abrir su estilográfica y, como un autómata, empezó a escribir palabras con tal rapidez que hizo que los camareros del cafetín entrechocaran sus codos en clara señal de aviso y de estar viviendo un acontecimiento totalmente inusitado para ellos.

Tomás no paraba de escribir ¿Pero sobre qué?


Para la II Edición del Premio de Narrativa Breve, Cristina Tomi.  web www.uncafeconliteratos.es

Villapún


Mi suegro venía de haber estado veinte días ingresado en un hospital y, en coma, muchos de ellos; con un ansia interior que le reclamaba, a gritos, la necesidad escandalosa de ver espacios abiertos.

Ignoro si era fruto de su "enclaustramiento" interior; del  estado comatoso que había padecido en su encierro hospitalario o de las ganas de pasar unos días de asueto vacacional con lo que él denominaba "los suyos". Tengo la completa seguridad que aquél dicho de "a por atún y a ver al duque..." se ciñe, perfectamente bien, a las aspiraciones que él perseguía.
No pongo en duda que, médicamente hablando, fuera importante aquél retiro que nos demandaba; los personajillos de batas verdes moradores de un sub sótano, de aquél mismo centro sanitario, y que según él vendían "papelinas" a troche y moche, rodeados de un enjambre de caracoles, es algo que dejo a la ciencia para que lo explique si se encuentra con ánimos y capacidad para hacerlo.

Pero tengo claro que una cabeza capaz de haber "visto" y creado esa trama de película de muchos "Óscar", cuando menos necesitaba un retiro, mental y corporal a un mundo alejado, aunque sólo fuera por unos pocos días, de su otro "yo", como era la informática.

Seguramente, las drogas que le había puesto en sus días de viaje estelar por los mundos de la inconsciencia, junto a la imaginación extra desarrollada por su mundo conscientemente virtual de los ordenadores, fueron un buen caldo de cultivo que sirvió para que su centrada cabeza de economista, dijera un singular ¡basta ya!.

Y alquilamos una casa una semana en Villapún. El nombre, si se me permite, suena a descorche de botella de champán, perdón cava, o a cohete de feria, dicho sin la más mínima intención de herir sentimientos de nadie.

Era una casita rural con un amplio jardín al que se le había prestado la atención escueta que se presta a los parterres en el que las flores son decorativas, para romper el monótono color verde imperante en la naturaleza rural, devenido a pertinaz amarillo en los meses del estío.

Mi afición a la jardinería sirvió, al menos durante esos días, para quitar las malas hierbas que campaban a su respeto entre los rosales trepadores que, mayoritariamente, formaban aquél coqueto patio reconvertido en jardín.

Mi suegro, campechano por naturaleza, pronto hizo de avanzadilla entre la comunidad vecinal y nuestra familia. Él se encargó, en dos días, de situar a los escasos habitantes del pueblecito, repartiendo cargos y empleos según lo escuchado, durante sus cortos paseos, o, simplemente, estudiando las maneras de cada individuo; según mi suegro, ése era panadero, aquél parecía ser el alguacil, otro un poco más estirado, el alcalde o un concejal de algún área importante del ayuntamiento. Una señora, la sacristana, sin duda; y un par de viejos, como él, aseguraba que habían sido labradores.

Fue en los únicos que acertó. No era difícil; las arrugas de sus longevas caras y unas manos agrietadas por los muchos años expuestas a los rigores extremos de fríos y calores, voceaban a los cuatro vientos a qué se habían dedicado desde casi la niñez.

¡Qué ricas estaban las truchas que "pescamos" en un molino y restaurante que había a unos kilómetros de Villapún. Los cebados y atontados peces, como tiburones de grandes, picaban con el  insulso pastel de una miga de pan. Daba la sensación de que entre ellas competían por ser la primera en ser sacadas de aquél lago artificial. Pero al horno, resultaron ser una delicia.

Una bocina de un claxon de camioneta amuermada por tener que hacer siempre los mismos itinerarios, sonó a la vuelta de la casa.

Era el aprovisionamiento de frutas y verduras para toda la semana. El conductor del vehículo, ocasional tendero, anunciaba, cual heraldo de otros tiempos, las viandas que en su carromato moderno, portaba.

Recuerdo que una buena parte de aquellas mercancías pasaron, previo pago con los maravedíes al uso, a nuestra despensa disfrazada de blanco y helado su interior.

Y recuerdo, vagamente, una silueta de una iglesia que no logro ubicar pese a que me ronda constantemente. Me resulta, mucho más fácil, recordar el camino que a diario, a modo de paseo, recorría solitariamente hasta llegar y sobrepasar una pequeña estación contra incendios;  y, por unos instantes, contemplar el solitario helicóptero que allí estaba impertérritamente, posado.

Son recuerdos de una estampa rural; de hace ya más de una década generosa, en la que, seguro, ya no están aquella pareja de labradores pues, de fijo, estarán discutiendo con mi suegro, sentados alrededor de una de aquellas mesas de formica, de si la cebada viene o no viene bien este año o si con dos pitos de mano se debe o no cortar el mus...


Para el V Certamen Internacional de Relatos Cortos, Entorno a San Isidro, 2016. Grupo de Pastoral Rural de Palencia y el Excmo. Ayuntamiento de Saldaña. (Palencia).

Amanecer costero


Aún desperezándote
te sorprendo, astro sol;
iluminando a un mar sumiso
que, contagiado, indeciso
está para jugar su rol
de titán; lanzándote
espumarajos plateados
que, hoy, reposan
para calmar mi vista y mis ideas,
la bellas y las feas,
y que glosan
los cursos de mi ánimo, rayados.

Pero la estampa, bella,
requiere detenerse un momento
en el itinerario matutino
y viene bien, reflexionar con tino,
si ese interior lamento
dejará vehemente huella.


Para el II Certamen Literario de Relato Corto y Poesía. Red de Bibliobuses de Guadalajara.

A quien pueda interesar...


Bien sabes tú, de sobra,  a quién le interesa, pues eres el sujeto destinatario de mi misiva.

Esta carta es para pedirte perdón por unos hechos que ocurrieron hace treinta años; y que por dejadez y un mucho de orgullo malentendido, han impedido que durante tantos años, ni mi cabeza ni mis manos, hayan sido capaces de hacer lo que el sentido común, me susurraba desde algún perdido rincón de mi subconsciente.

Siempre mi, obstinada, cabeza ha encontrado excusas para no hacerlo. Cuando trabajaba, porque mi jornada laboral era extensa y apretado su contenido a la vez; ahora, jubilado prematuramente, he hallado tantos cauces para mantener las horas del día ocupadas que no tenía tiempo para escribirte unas líneas.

Líneas escritas, obviando que también existieron otras telefónicas que mi dejadez ha hecho antiguas y que la modernidad nos ha dotado de otros aparatos minúsculos que portamos en los bolsillos cual cajetillas del denostado tabaco, que necesitan diez segundos, si se quiere, para establecer una conexión.

No hay excusas. No, cuando,  en conciencia, uno mismo sabe que no hay razones para el abandono en el tiempo. Podrá fingir engañarse a sí mismo, pero falsamente porque él conoce la verdad.

Y la verdad, sin tapujos, es que por pereza, que ya es triste, durante años no te he pedido disculpa por lo de aquél día.

Sé lo que supuso para ti mi acción. Conocí, pues frecuentábamos los mismos núcleos de amistades, lo que supuso aquél suceso entre tus "amigos" y supe que muchos te volvieron la espalda y que dejaron de considerarte un líder. Algunas de las chicas que revoloteaban  a tu alrededor, dejaron de hacerlo. Lo siento. La vida es así.
No quiero dejar pasar un día más sin rendirte cuentas y pedirte, abiertamente, que me perdones; aunque pudiera ser que el motivo por el que te lo pido sea para tí un vago recuerdo que mi carta te vuelve a traer a tu vida, hasta ahora totalmente olvidado en un baúl de los recuerdos creado, ex profeso, con caducidad...cuya fecha viene a estar identificada con la jubilación.

Por ello te pido, con cierta vehemencia, me amnistíes por aquella mano enguantada que, cierta tarde de un postrer verano, salió disparada, como un muelle, hacia el poste derecho de una portería que veía peligrar su pureza por un balón salido, magistralmente, desde tu bota izquierda.


Me valió un titulo; y, por esas injusticias de la juventud, cayó un ídolo, como lo eras tú para aquella generación que jugábamos al fútbol.


Para la II Convocatoria Revista Furman 217. (EE.UU.)

Autor


Una mano temblorosa
acercaba hacia la taza,
como de papel estraza,
una golosina sosa.

No era situación jocosa,
fuera sal o sea melaza
ninguno, de ambos, desplaza
al aroma de la prosa.

El escritor ve a la diosa
según pasa y la atenaza
a veces, incluso, abraza
con fuerza pecaminosa.

La idea, niña viciosa,
azucara bien la baza
y da vueltas cual rapaza
juvenil y caprichosa.

Y la boca, temerosa,
a la vasija amordaza
y, lentamente, la emplaza
a ser bebida gustosa.

Coyuntura que desglosa
a la flor que, se entrelaza,
ceñida de una coraza
que entumece a la glosa.

Pero el narrador desposa
al ingenio y la mostaza
en ese bar, esa plaza
de modo y manera airosa.

Y cuando la infusión briosa
llega a su última terraza
se desploma su mordaza:
su redacción es airosa.

Pero el contador no osa
usar ninguna añagaza;
el lector desembaraza
la explicación más lustrosa.

Y la mano temblorosa,
deja la taza, cual maza
que, por su peso, amenaza
al terrón, cambiado en rosa.

Eso es magia, es una cosa
que la pluma, sola, traza;
un elfo que se disfraza
de una musa asaz celosa.

Es la romanza melosa
de una sirena a la caza
de un grumete; calabaza
de una carroza hermosa.



Para la V Edición del Premio Internacional Anual de Poesía, Un café con literatos.