jueves, 29 de mayo de 2014

Picarel



(Se sube el telón)

Escena: Carromato en el que se aprecia el paso inexorable del tiempo. Sus dos peldaños de acceso, desgastados, soportan, a duras penas el peso de aquél, casi viejo y único morador de la estancia.
Camastro a la derecha del cuadro, desvencijado y manta y colcha con olor a rancio. Una pequeña cocina de gas butano al frente y en el fondo hacia la izquierda, un amplio y deteriorado espejo, bajo el cual está colocada una repisa que hace las veces de mesa, donde el morador del carromato se transforma, tarde tras tarde, en una persona obligada a hacer reír a su público. Es un payaso.

Aquella tarde, mientras mezclaba los colores que componían su grotesco maquillaje, no dejaba de compadecerse de sí mismo por la vida, tan desgraciada que llevaba. Siempre sólo, hijo único, sus padres habían muerto siendo él aún niño; fue la propia compañía de artistas circenses quien le dio cobijo y sustentó a cambio de trabajar como saltimbanqui. Durante años pudo mantener la forma física y logró, dignamente, hacer las delicias del público que asistía a las representaciones, hasta que una mala caída le obligó a escoger otro personaje que le permitiera seguir subsistiendo.
En la vida que le había tocado vivir, era realmente, un hombre triste.
Se encontraba sumergido en medio de esta reflexión y justo cuando se iba a empolvar las nariz, descubrió, con sobresalto, a otra persona reflejada en ese mismo espejo y sentada, junto a él, a su derecha. Se parecía mucho a él...era él...

SER: (Con voz pausada). No te asustes, Picarel, soy tú mismo. Estoy aquí para ayudarte y, si me dejas, aconsejarte.
PICAREL: (Poniéndose en pie de un salto). ¡Cómo!... ¿Quién?...¡Demonios!...¡Fuera!...
SER: (Con la misma tranquilidad). ¡Cálmate!. Yo soy tú. Mírate en el espejo, somos idénticos.
PICAREL: (Aún sobresaltado). ¡Dios mío! ¡Es verdad!... ¿Qué quieres de mí?
SER: Ya te lo he dicho: ayudarte. Sé por lo que has pasado a lo largo de tu vida, he estado contigo, y quiero animarte , quiero que comprendas que hay otra forma de vivirla mejor, Picarel.
PICAREL: (Recobrando un poco su estupor). No tengo consuelo; si, como dices, has estado siempre a mi lado, sabrás que mi vida está rodeado de soledad y tristeza. No he sido querido más que por aquella muchachita, siendo aún adolescente y que sus padres poderosos hacendados de aquella región, la prohibieron que se viera conmigo y la alejaron metiéndola interna en aquél colegio de Inglaterra. Jamás la volvía a ver. A los pocos años me enteré que había muerto.
SER: Lo sé, lo sé...te repito que estaba a tu lado... lo viví junto a ti. Pero por muy duro que te parezca, Picarel,  tienes que pasar página, a tus casi setenta años no puedes revivir, permanentemente tus desgracias, o refugiarte, como lo haces, en esas copas de más que te tomas cada noche después de mal cenar.
PICAREL: No me quedan ni energías ni ganas de empezar una nueva vida, me va mal tal y como la llevo y ¿podría ser peor?, pero ya no tiene importancia, me da igual. No hay nadie en el mundo a quien le preocupe lo que le ocurra a este trasnochado payaso. A nadie.
SER: (Con la misma calma de toda la conversación). Estás en un error, querido y viejo compañero. Me importas a mí. ¿Te has olvidado de que soy tú mismo?
PICAREL: (Un tanto malhumorado). ¡Qué clase de trampa es ésta! ¿Quién eres realmente? ¿Qué te propones?
SER: (Calmadamente). Te he dicho que ayudarte.
PICAREL: (Aún molesto). ¡Ayudarme! ¿Para qué? ¡No necesito tu ayuda, ni la de nadie!
SER: Todos necesitamos ayuda, es consustancial con el género humano.
PICAREL: (Más sereno). Yo ya no necesito ayuda. Si quieres hacerme un favor, haz tú la función de esta noche. No tengo ninguna gana de salir a la pista a decir una serie de bufonadas o chistes malos; ya que los inteligentes, procuran no venir a este mísero espectáculo...
SER:  ¿Y qué te crees que vengo haciendo los últimos veinte años? Día tras día, salimos juntos a escena; y si no fuera por la alegría que aporto yo con mis saltos y tortazo que me doy, hace por lo menos la mitad de esos años que nos habrían echado...
La vida, Picarel, es maravillosa. Hay que sentirla en cada segundo que pasa; hay que rellenarla de estampas bonitas, alegres, tiernas... ¡hay que reírse de la vida! Y tú, hubo un momento que lo sabías hacer. Acaso, ¿te has olvidado?
Cuando eras un mocete, eras la alegría de esta familia; todos te querían; siempre estabas dispuesto a ayudar con una sonrisa asomando a tus labios     
(El SER se ha ido poniendo tenso; a la vez que nervioso). ¡Tienes que volver a ser tú! ¿Es necesario! ¿Tienes... tienes que hacerlo! ¡Es urgente!       

PICAREL:  (Tranquilamente) ¡Calma... calma! ¿Qué te ocurre?
SER: (Con  algo más de tranquilidad y menos nervioso)  Es que te tengo que dar una noticia... una mala noticia... pésima.
PICAREL: Y bien...¿cuál es esa mala noticia?
SER: Como te has abandonado, como no vas a que te vean los médicos, me han dicho que te diga que... que... ¡que te está muriendo!
PICAREL: ¡Vaya!... no me lo esperaba. Quizás sea lo mejor que me pueda pasar para acabar, de una vez para siempre, con mis dolorosos recuerdos y esta vida asquerosa y putrefacta...
¡Vete! ¿Quiero estar sólo!. Tengo que terminar de maquillarme y de paso, apurar la media botella de ese malísimo vino  que me queda. Luego nos vemos.

A solas, sin su otro yo sentado a su lado, Picarel continuó su labor, teniendo que repetir, incesantes veces, el retoque del ungüento que aplicaba a sus mejillas... lloraba.
Al final, casi al límite del tiempo para su actuación, había apurado el último vaso que le quedaba de aquél vino y conseguía, a duras penas, pensar que "su otro yo" tenía razón; más ahora cuyo tiempo le era precioso.
No tambaleándose, pero sí con cierta sensación de mareo, salió de su carromato recorriendo el escaso trecho entre él y la pequeña y raída carpa de su viejo circo.
Desde fuera se escucharon los acostumbrados pocos aplausos que su aparición en escena lograba arrancar de los espectadores. Nada anormal. Los artistas que deambulaban por fuera del lugar del éxito o del fracaso, seguían inmersos en sus quehaceres previos a sus actuaciones o a las labores posteriores, después de las mismas.
Una gran ovación llega desde el interior. Los que están fuera, se miran y alguien pregunta: ¿Quién actúa?. ¡Picarel!, le contestan.
Ahora una gran carcajada generalizada. Se van arremolinando en torno a la lona que marca la salida después de cada actuación.
Contemplan al público de pie, cerrando con una larguísima serie de aplausos, lo que zanjaba la actuación de Picarel, el payaso, esa noche.
Después de varias reverencias correspondiendo a los vítores y aplausos de ese público, Picarel, pasó entre sus propios compañeros, quienes, como autómatas, se apartaron dejándole el camino expedito entre ellos.
Un trecho más adelante y mientras Picarel se secaba el sudor de la frente con el pañuelo destinado a esa función durante décadas, se le unió, en el paseo, el SER.

SER:   ¿Qué ha pasado? ¡No he podido verlo!
PICAREL: (Rodeándole con su brazo por el hombro). ¿Hoy?.... Esta noche y a partir de hoy... seré tú.
(TELÓN)


FIN


Presentado para el II Certamen de Textos Breves Teatro Circo Price. Madrid, 2014.

Aquellos soldados


Habían esperado seis largos años, con dos abortos por el camino y ahora se encontraba a varios días vista de ser padre por primera vez...

Iba pensando en estas cosas tras haber hecho la visita diaria a su Patrona en la iglesia de Santiago y haberse tomado su "cafetín", bien cargado, en su sitio habitual, cuando sus pasos le llevaron ante aquél escaparate, repintado varias veces su marco de color verde en una tienda con sabor pulcro y antiguo. Allí, en una pequeña estantería, a la izquierda, estaban dispuestas las figuritas que él iba a contemplar...

Pertenecían a un regimiento de artillería, compuesto por cañón de madera y cuatro servidores, incluido el oficial, que formaban un conjunto cautivador. Pero eran caros...

Entre la ansiedad propia de los últimos días para ser padre y las ganas de tener aquella cajita de soldados, llegó a casa.

Después de una noche dándole vueltas al asunto, decidió que aquella mañana de sábado, saldría, definitivamente, a por aquellos soldados. Había echado cuentas  de la cantidad de "cafés" que tendría que dejar de tomar para paliar el gasto.

El caso es que, para él, su hijo lo merecía....

Es así como aquél niño tuvo su primera caja de soldados de plomo, antes de haber venido al mundo.

Nacido ya y con un mes de vida, recibió una segunda caja. Esta vez correspondía a un formidable grupo de ametralladora de montaña a lomos de mulos: seis soldados con sus acémilas y en cada una de ellas una pieza de la ametralladora desmontada, más el oficial, primorosamente montado sobre su caballo.

Tiempo después, y como tercera caja de figuritas de plomo que el niño recibió como regalo fue una estupenda formación de infantería colonial, a la cual, con el paso de los años, las piezas que portaban el fusil en posición de disparo fueron reconvertidas, por expertos maestros torneros, en soldados con el fusil al hombro, desfilando; verdadera obra de artesanía la realizada.

Años más tarde vinieron dos  maravillosos armones de artillería, idénticos, que, por desgracia, aquél niño se empeñó en "disfrutar" de ellos, teniendo como resultado un sin fin de bajas, entre otras cosas, auspiciadas por algún amiguete que se las llevaba en los bolsillos....


Sesenta años después, esas tres primeras cajas de soldaditos de plomo que, aquél padre con esfuerzo compró a su hijo, permanecen estáticos en posición de revista en la vitrina en la que, ese niño, les formó para deleitarse con ellos....y recordar, para siempre, a su padre.




Presentado al  V Concurso Literario de Relato Corto Histórico Museo L'Iber. Valencia, 2014.


El río lo hizo


"Estaba deleitándome con un vino de Navarra cuando sonó el teléfono. Me pasó el inalámbrico y me dijo: es mi madre. Dice que ha encontrado una botella con un mensaje tuyo..."

¡Hola, suegra!. ¿Qué quieres?.

De sobra sabía por lo que me llamaba...

Hacía tres años que, un día cualquiera, había decidido invitarla a un cocido, que la encantaba. La llamé. Comunicaba. Una, dos, tres, varias veces. Seguía comunicando. No paraba  de hablar... como de costumbre.

Cansado de esperar y recién acabada una botella de un vino joven y fresco de Navarra, decidí escribirla una misiva, emulando al tópico del naufrago en su isla solitaria; decía: "El jueves de la semana que viene, te invito a un cocido en casa. Tu yerno".

Tapé la botella con sumo cuidado y la deposité en el aún incipiente torrentillo que corría a la vera del prado de la casa.

Cincuenta kilómetros, cauce abajo, ella la recogería...

No volví a acordarme de aquél hecho; los asuntos laborales me absorbieron las siguientes semanas....no hubo cocido.

Un niño que jugaba en una junquera, mediado mayo, recogió una botella que parecía contener un "pergamino". No dudó en llevársela a su casa, como un tesoro tantas veces revivido en su cabeza, mientras jugaba a piratas y bucaneros por la orilla de ese río.

¡Papá!. ¡Mira lo que he encontrado en un remanso del río!. ¿Será el plano de un tesoro?. ¡Ábrelo con cuidado!.

El padre, padre por encima de todo, e  intrigado por lo que podía poner en la "nota pirata", puso toda su paciencia y empeño en extraer de la botella la misiva, con el menor daño posible y lo consiguió.

Desdobló, con esmero, el "pergamino" y, con sorpresa, leyó a su hijo la nota. Sorpresa aún mayor, cuando reconoció la caligrafía inconfundible de su autor...

¡Mamá!, has recibido una invitación para comer un cocido el jueves de la semana que viene en casa de tu yerno...



Presentado al Concurso de Relato Breve “Mensaje en una botella para mi Suegra” D. O. Navarra. 2014.

El primer párrafo era obligatorio.