viernes, 28 de noviembre de 2014

Denunciar




Dicen, que digan, las gentes
que esto es moda o manera,
casi, casi que es innato
al ser humano y su Era,
desde el comienzo, las fuentes.
Es un vil asesinato.

Lo de machismo, me sobra;
lo de género, también;
parecen palabras vanas
¿por qué no, y sin desdén
el ser humano recobra
sus prudencias, ya lejanas?

¿Por qué le ponemos nombres
como para disfrazarlo?
Es, simplemente, sonrojo
lo que hace adulterarlo;
seamos, seamos hombres
y no les demos acojo.

Denunciemos al ofensor
de otras personas comunes,
sean mujeres u hombres,
que no queden más impunes;
que no eres delator
por descubrir esos nombres.


Presentado a la  II Edición Certamen Poético "Violencia, la Cnsecuencia", 2014. Asociación Eleanor Roosevelt.

La ciudad del futuro, vista desde los sesenta




Me paré. Por un extraño sortilegio, me encontraba de pie y un tanto aturdido, frente al que debía de ser mi coche; aunque en mi memoria, no lo recordaba con ese aspecto.
Hice ademán de abrir la puerta y en mi cerebro sonaron unas palabras , con sabor a metálico, dándome la bienvenida.
Me sacudí entero ¡Alguien me había hablado! ¡Y, sin embargo, estaba sólo! Me costó un buen rato salir de mi asombro. Quizá me sacó de él otra frase que me transfirió mi cerebro: ¡Buenos días! ¿Dónde siempre?
Ahora sí que me cercioré, plenamente, de que aquél vehículo, mi coche, se comunicaba conmigo telepáticamente. Me aposenté en el asiento del copiloto. Era el único que se podía ocupar. El del piloto, simplemente, no existía.
Sudaba; no era para menos. Creía haberme levantado como cualquier mañana de mi ordenada y un tanto rutinaria vida y me encontraba subido a mi supuesto coche y conducido por alguien o algo a quien no lograba divisar, por mucho que me esforzaba ¡Qué menos que sudar!
La conducción era impecable dentro de aquella organizada marea de clones de mi "utilitario". Una conducción suave y que podría haber sido placentera, si mis nervios lo hubieran permitido.
A lo largo del trayecto reconocí prácticamente, a la mayor parte de los edificios situados a ambos lados de las calles por las que transitábamos; pero algo los hacía parecer distintos; algo con sabor a nuevo que, mis sentidos también rutinarios, no habían percibido hasta esa mañana. Aunque los edificios fueran los mismos.
Noté cierta escasez de árboles alineados, como en los paseos de los bulevares; aquí, se presentaban en pequeñas porciones rectangulares diseminadas a determinados intervalos exactos.  Era, sin duda, como si se hubiera estudiado la necesidad de tener un área ajardinada o de pequeño bosque por cada metro cuadrado de "ciudad". Observé que, cada una de estas áreas, se auto regulaba la cantidad de agua o sol según su propia necesidad. En un área llovía profusamente y en la siguiente, a dos o tres centenares de metros de distancia, lucía el sol más espléndido.
A mi cabeza la costaba digerir y procesar la mayor parte de las imágenes que mi vista percibía y, sin embargo, notaba que, dentro de mí, se extendía cierta calma y placidez, al unísono; algo de todo aquello, parecía estar encastrado en el diario de mi monótono día a día.
La cita, a la que me transportaba mi "locuaz" automóvil, no era un, más o menos, suntuoso y moderno despacho.
Paró despacio, controladamente, en un pequeño aparcamiento y, me despidió con un lacónico "llegamos". Miré por mi ventanilla y distinguí un local que se asemejaba a una "cafetería" al uso y juego de los locales y edificios que la rodeaban. Me bajé ante la invitación de mi interlocutor rodante y recorrí la veintena de pasos que me separaban de su automática puerta de entrada.
La estancia, un tanto anodina, se asemejaba al tipo de decoración de la que gozaban muchos locales de los años sesenta y setenta; a base de aceros inoxidables de diferentes texturas; era la vanguardia de "lo moderno"; o más bien de "lo futuro".
Pero había algo que marcaba la diferencia con aquellos otros bares y cafeterías de la época; la ausencia, en ésta, de camareros o camareras que atendieran al ,por otra parte, escaso público, que se disponía, a esas horas, a desayunar.
En una "máquina" situada sobre el lado derecho del lugar, lejanamente, pariente del tradicional mostrador, se leía, en una retahíla de botones alargados, la infinidad de variantes de infusiones que se ofrecían para su degustación; y, compaginadas, por otra máquina adjunta, con otro buen número de alimentos sólidos con los que acompañar a la bebida escogida.
Era difícil, por la poca afluencia de gente que había en el local; pero al darme la vuelta para acercarme con mi café cortado hacia una de las mesas apartadas  junto  a unas grandes cristaleras con mirada al exterior, mi cuerpo, chocó con cierta violencia, contra otro, claramente femenino, que no sólo no derramó mi café por todas partes, sino que, la improvisación del momento, dio con los cuerpos de ambos en el suelo.
¡Qué golpe! Instintivamente, me llevé la mano a la frente, que dolía con rabia, y, enseguida, descubrí un fenomenal bulto que pugnaba por salir en medio de ella.
Me di cuenta, también, de la oscuridad, tenebrosa y negra azabache, en la que estaba sumido.
A mi lado yacía un cuerpo... en el suelo. En camisón; yo, medio desnudo. Alargué mi brazo, en plena confusión.
Distinguí unos números color rojo: las cuatro y diez... ¡Me había caído de la cama!
El cuerpo femenino, estaba allí... lo agarré con fuerza y la abracé, despertándola poco a poco... otra vez volvía a estar en los años sesenta...




Presentado al Certamen Literariode La Ciudad Soñada, 2014. INNOVAL Clúster y la Editorial Babylon.

El ojo sin vida



Y apareció, de la nada, con una espléndida demostración de poderío y tranquilidad; era inmenso; o al menos así se lo parecía a los que, con mirada atónita,  eran incapaces de articular palabra alguna ante tan inesperado visitante.
Posiblemente, había decidido merodear por el lugar desde el que, hacía un rato, partían chapoteos y zumbidos de inmersiones, provenientes de los alborozados bañistas que, una y otra vez, saltaban por la borda de su pequeño velero, disfrutando de la soledad  de esos baños en aguas tan desafiantemente puras.
Ni por asomo, se les había pasado por la cabeza que pudieran estar en peligro en aquellas aguas; eran  tan bellamente cristalinas que, seguro, impedirían la presencia de cualquier elemento que pudiera teñir de rojo su inmaculado manto azul verdoso.
Hacía dos o tres minutos que la última bañista había sido izada al barco por popa, cuando sin el menor indicio de revuelo, emergió junto al costado de estribor con su poderoso y lento movimiento de su aleta caudal.
Mientras nadaba en paralelo al barco, sacó ligeramente su cabeza del agua y, a medida que le sobrepasaba barría con su ojo la cubierta,  intentando descifrar quién había sido el causante del chapoteo que le había perturbado minutos antes...
Los cinco navegantes, contemplaban la escena sumergidos en el silencio que produce lo insólito; incapaces de pensar y mucho menos de tener un atisbo de reacción posible en tan  primordial momento. Sólo una cosa unió a la mayoría de  las aletargadas personas...el vacío que transmitía la mirada del globo ocular que les escrutaba desde la superficie en calma,  del mar.
El excepcional escualo, contemplaba con desgana las figuras de los extraños que le miraban desde la embarcación; sólo hubo un momento que algo le hizo casi pararse en su nadar: fue al entrecruzar su mirada con la de una rubia que, con cierto desdén desafiante, le observaba desde la proa del buque mientras saboreaba un delicioso y fresco mojito, bajo el  amparo de un sombrero "Panamá".

Mientras se alejaba del velero, majestuosamente, el tiburón, guardaba en  lo más recóndito de su cerebro la imagen de aquella rubia; haciéndose el firme propósito de volver más adelante a aquellos parajes y poder, con algo de suerte, inspeccionar más de cerca aquella figura que tan desinteresadamente le había mirado.



Presentado al XXV Certamen Literario "Villa de Almoradí", 2014. Concejalía de Cultura del Excmo. Ayuntamiento de Almoradí. (Alicante).

Piel de toro


Piel de toro,
resecada, vieja, anciana,
guardas aún con decoro
tu pasado, cual pavana
melancólica,
casi funeral campana
que a arrebato llama, vana,
desde su ventana gótica.

Cuero raído, lustroso,
te despliegas en el mapa,
sin un esqueleto óseo
que dé cimiento a tu capa,
ya bucólica,
del tiempo que se te escapa,
en ésta última etapa
diabólica.




Presentado al II Certamen de Poesía y Relato Corto "María Eloísa García Lorca". Unión Nacional de Escritores de España, 2014. Melilla.

¿Políticos?


¡Hay señores!, que nos cuentan los políticos, que suena casi a mítico, que aquí, ahora, todo vale, machaconamente ¡y dale! con sabor como a pimienta, que hace cerrar los ojos, para evitar los sonrojos de los hijos, nada pijos, incapaces de entender, cómo señores sesudos rebañan sus buenos "duros" haciendo el bien ajeno que nos dicen en sus mítines, en autobús viajero, o donde quiera el dinero.
Tragamos y consentimos; no pretendo enarbolar bandera de ningún tipo, al menos no es el lugar, pues todo ya está escrito en leyes para aclarar lo que no o sí es delito; tal vez convenga pinchar a la sociedad entera para quitar esa mera manía de vincular a políticos nefastos, con la forma de llevar el dinero que es ajeno, a nuestros queridos fastos, en lugar de utilizar, aunque no resulte ameno, el nuestro, que es nuestro gasto y a nadie hay que esquilmar.
Deviene en profesión lucrosa, a tener en cuenta, por gente un tanto avarienta, que con él no va la cosa y no hay, por tanto, vocación.
La Historia nos cuenta hechos de colores variopintos que gracias a ellos, los hechos, llegamos a nuestros días con adelantos concretos en los campos de la vida.
Deduzco, sin ser muy listo, que a lo largo de los años, habrá quien habrá logrado, con trabajo sin mordisco, hacer de su tiempo amado el mejor para su fisco, sin acogotar al débil diciéndolo: ¡ahí te cisco!
La suma de tantos seres, intentando ser mejores, cumpliendo con sus labores, hacen entrarnos temores cuando, tontos, comparamos con dirigentes actuales que parecen muy cabales, recogiendo los caudales y llevándolos al bolsillo ¡que la vida es así, quillo!
Resulta escuela difícil para intentar pregonar, que "distraer" no es gobernar; que aquél que quiera luchar, por conseguir igualdades, lo debe hacer desde abajo, acaso desde la cuna, pues vale más escobazo de pequeño que dejar este legajo de politiquín cigüeño.
Aviso a los navegantes: ¡cuidado con los infantes!, me refiero a los civiles que vienen a "redimirnos", gentes, acaso,  formales convertidos en caimanes si el poder les hace guiños.
Papeleta un tanto rara la que tenemos delante. Me refiero al fiel votante, que como corcho flotante, navega por aguas bravas sin tomar un relajante. Con esos altos y bajos, reflujos estomacales le producen otros males; haciéndole visitar con mucha más dilación, retretes de diversa índole creándole casi un síndrome de no estar en sus cabales.
¿Habrá que dejar que entren los dos pétreos leones en la sala de sesiones y que algún bribón se espante?¿Habrá que azuzarles bien, para decirles: muchachos aquí no se viene a "cachos", se viene de cuerpo entero, a trabajar con esmero por Pérez, Ros o Garnacho, que ya está bien de barrer cada uno a su peculio, sea mayo o sea julio, lo que hay que hacer realmente es ser más despierto de mente ¡que es que hay ya mucha gente que lo que quiere es comer!
Me fastidia esta postura, me dirán que soy un "facha"; a las alturas que vivo me importa más bien un higo y que me toquen la cacha los que insultar me pretendan. Más valiera que juntitos pusiéramos a los golfos como si fueran Bellidos, Bellidos Dolfos, que quedarse con lo ajeno, no dejan de ser traiciones que tocan también lo suyo... como para salir en "canciones".
Pudiera ser que quedara el discurso un poco escaso, pero mejor ¡qué carajo!, perdonadme mi legajo, pero es que ponen el cazo con tantísimo descaro que dan ganas de cortar la mano, como al ladrón casi afgano.
Odiosas comparaciones, que son meras circunstancias, quedaros con la sustancia, no son , por Dios, obligaciones, creeros a pies puntillas, todas estas puñetillas que han salido de un vetusto español, un tanto rústico, harto de conspiraciones, trueques, cambios, mete y saca y de unos cuantos ladrones, prohombres aún hace nada.
Escaso, escaso me quedo, pero meter más el dedo, me traería algún fiebrón, que ningún de estos mastuerzos, aunque sean un melón, me merece más esfuerzo.

¿Será mejor no votarlos?. Que cada cual satisfaga lo que mejor le venga en gana.


Presentado al Concurso Literario de Poesía y Cuento "Horacio Quiroga", 2014. (Argentina).

Luna



Luna, colgada
sobre el proscenio
del Universo
que no es perverso
pues, muestra el genio,
de tu arcada
abovedada.

Luna, llanera,
alumbradora
de los caminos,
de peregrinos
que, hacia la aurora,
verán tu esfera
que reverbera.

Luna, gajito,
cuarto menguante
de noche oscura,
sombras y tuna,
amor y cante,
al que te invito
y al que no evito.

Luna,  grandilocuente,
esplendorosa,
olvidadiza,
pétrea, maciza,
lúgubre, ansiosa,
filón de mente,
del poeta... fuente.




Presentado al Concurso Literario de Poesía y Cuento "Horacio Quiroga", 2014. (Argentina).

El pueblecito



Hace ya muchos años, para los que empezamos a vivir nuestra particular sesentena, que había un pueblecito cerca de una gran ciudad castellana, humilde como, por otra parte, eran casi todos los de esa zona.
Se asomaba, con pudor, a una estrecha carretera pomposamente llamada "nacional"; la cual venía arrastrando su nombre y su pavimento, desde hacía ya muchos años atrás.
Tenía cuatro casas  mal contadas, dicho esto sin el menor atisbo de desprecio, y en mis lejanos recuerdos infantiles, aparece un farol único a modo de referencia a la entrada, más bien pasada, que anunciaba que allí moraban personas.
Ya he dicho que yo era pequeño y no soy de allí; es posible que esa fugaz impresión en mi memoria, no sea más que eso: una impresión.
Sí recuerdo, entre esos retazos de la memoria, inundaciones producidas por las lagunas, entonces salvajes y a su libre albedrío, que cubrían un tramo largo de la,  ya mencionada anteriormente, "carretera nacional".
Y no tengo más recuerdos de aquél pueblecito.
Mi familia se marchó de la zona y volvió al cabo de cinco años, en los que ese pueblo, como España en general, había cambiado mucho.
 La siguiente vez que pasé por la remozada carretera, me costó trabajo reconocer por dónde iba. Ya había farolas; ya las casas se asomaban con cierto descaro a la carretera; se veía más gente deambular por la entonces calle principal como parecía que empezaba a ser la propia carretera, por la que era necesario circular como salida natural hacia Madrid, por ejemplo.
Se había instalado en la ciudad próxima una importante fábrica de automóviles y, aunque en dicha ciudad había un barrio por antonomasia poblado por los trabajadores de dicha empresa; la cercanía con ese pueblo hizo que, enseguida, se construyera una zona residencial cerca de él al que se mudaron muchos de los que trabajaban en la fábrica.
La urbanización, conllevó la "canalización" y embalsamiento de una laguna a modo de "memoria histórica", que hoy, en nuestros días, aún existe; eso sí, debidamente ajardinado su entorno y, de alguna manera, "encorsetada", pero bella.
 Primero surgió como algo aislado del pueblo en el que, poco a poco, acabó por integrarse; porque si algo tiene el lugar es su gente; castellana, noble, seria, dura, como su tierra.
Hoy es un gran pueblo; quizás "incómodo" para los viejos del lugar;  los que añoran, sin duda aquél farol, simplemente porque lo que echan de menos  es su niñez. En él no te sientes un extraño. Han sabido conjugar lo antiguo y lo nuevo en un peculiar cocktail de tomate y mango, de vino y ginebra, de gaseosa y tónica, de ayer y hoy.
Ahora  llegas por una estupenda vía desdoblada a aquella incipiente calle principal convertida en avenida, fuertemente comercializada y devenida, por méritos propios, en el eje económico y social de la villa.
Empiezan a quedar atrás esas tardes de jardín, coqueto, escondido de miradas, en pleno centro del pueblo y rodeados de niños gritando entre risas y juegos, tras una pelota o simplemente, jugando a "pillar".
Y sus fiestas son su máxima expresión. Sus peñas con viejas similitudes con  otras de otros lugares de la geografía española; la forma de divertirse; la manera de envolverte en ellas como un paisano más, los encierros, tus toros... una pequeña punzada me traspasa el alma al acordarme de ellos...
Hay días que ya no pueden volver, simplemente porque no están los sujetos protagonistas de los mismos. Habrá otros, sin duda, que nos dejarán otros sabores, siempre agridulces, pero no por ello hay que dejarlos pasar  porque conforman nuestra propia vida.
Seguirás acogiendo a cuantos se acerquen al entorno de tu iglesia  de Nuestra Señora de la Asunción, a bodas, funerales, bautizos o, simplemente, a elevar un momento los ojos y cruzarlos con los de tu Cristo de los Trabajos, demandando su benevolencia.
Seguid así, debe de ser ese  el camino.

Dicen que los castellanos, por nuestra propia idiosincrasia, somos personajes serios, adustos, parcos en palabrería,  de pocos amigos... pero los que tenemos lo son de verdad, para siempre;  y yo, tengo, en aquél pueblecito convertido hoy en un importante núcleo urbano, unos pocos.


Presentado al XXXIV Certamen de Cuento Corto de Laguna de Duero (Valladolid).