miércoles, 28 de septiembre de 2016

Peregrino I y II



Transita, peregrino;
comienza con sosiego El Camino,
las piedras musitarán tu hazaña,
al río que baña,
con un abrazo fino
y un buen vino.

Descansa, andariego;
allá por tierras extrañas,
también tuvieron el credo
de seguir por un hayedo
hasta las nuestras Españas,
algún monje y algún lego.

No claudiques, caminante;
aún te queda calzada
que yantar con tus botines;
mejor que al alba camines
que la senda está regada
por un rocío galante.

Persiste, penitente;
una meta transitoria
te acerca atierras hispanas;
por el valle, las campanas,
te traen hasta tu memoria
algún que otro sueño latente.

Obstinado viajero,
curtido en miles batallas
contra veredas ariscas,
calores, quizá ventiscas,
que lejos de crear medallas,
lo guardas en tu joyero.

Fascinante trotamundos;
transita por esa selva
y reza la Salve, expresa,
que una lápida ¡sorpresa!
te invita y quizás te absuelva,
de pensamientos profundos.


Para el I Certamen Literario, López de Ayala. Ayuntamiento de Guadalcanal. (Sevilla).

Mesura


Su mirada, perdida en el infinito; en un horizonte lejano de las tierras de Castilla; de esa Castilla dorada, del estío, que confunde en sus vaivenes las idas y venidas de las espigas con el oleaje, de un Cantábrico hermanado de por vida con estas tierras.

Sus pensamientos vagan a horcajadas de las finas agujas balanceando, en melancólico movimiento, unas reflexiones desprovistas de euforia al contemplar la previsible magnífica cosecha que se avecina.

El grano,  prieto como las carnes de un muchacho, amenaza con desgarrar ese útero que le resguarda, antes de llegar a término el embarazo.

El pitillo, tosco, de picadura, enarbola una fumata blanca de paz, de sosiego, como queriendo dar al momento la solemnidad que el veterano labrador esboza en su rostro.

Las mil arrugas que cubren su curtida frente, permiten la llegada de una más, llegada de improviso, al descubrir sus cansados ojos azules un nubarrón de los que "el hombre del tiempo" de la tele llamaría cumulonimbos, al final de las tierras del "Colás", su vecino de cultivo. Era pequeña; pero bastaba con que un ligero cambio de aire la llevara hacia sus tierras para que las ilusiones de toda una temporada de labranza se vinieran, de golpe, al traste.

En el aire pareció suspenderse durante unos segundos eternos, las ilusiones de un hombre; sus sueños; proyectos nada opulentos: cambiar las tejas del cobertizo; algún regalo para su mujer y el resto para engordar los ahorros e invertirlos, si todo iba bien, dos años más tarde, en la universidad de su única hija.

El semblante del labriego fue atravesado por una contracción casi imperceptible al imaginarse que sus planes se podían caer y  venirse abajo como lo haría un frágil castillo de naipes.

Tiró el pitillo al polvoriento suelo de la linde del estrecho camino que jalonaba su campo y, con rabia, restregó tres o cuatro veces el hierro de la azada sobre  la maltrecha colilla hasta quedar completamente convencido de que estaba apagada.

Volvió la espalda al horizonte y comenzó a desandar el trayecto hacia la casa.

Un lejano pero aterrador sonido impactó sobre su espina dorsal haciéndole temblar todo el cuerpo ¡Tormenta! Lentamente se giró para hacerla frente con el coraje de quien, sabiendo que nada puede hacer contra los elementos, les mira fijamente dispuesto a que una vez terminado el desaguisado, enarbolará, otra vez, el azadón;  inclinará su torso y volverá a perfilar rectilíneos surcos que sirvan de sustrato a una nueva sementera.

El relámpago zigzagueó tímidamente; el aire casi, imperceptible, olía a tierra mojada y, complacido, comprobó que soplaba en otra dirección.

Volvió a retomar la marcha. Había tenido suerte.


Para el IV Concurso de Relatos Breves de Quintanilla de Arriba. Asociación Los Rucheles, Amigos de Quintanilla de Arriba. (Valladolid).



Meeting doloroso


El fuerte dolor de cabeza llevaba dándome la vara todo el día; había empezado nada más entrar en la empresa, a primera hora, mi jefe se había encargado de poner a todo el equipo en ese estadio cercano al "no vales para nada",  que pasa de lo personal al grupo cuando mira cada uno las caras inexpresivas del resto de la cuadrilla.

Y, como si de una bomba de relojería retardada se tratara, poco a poco comienza a despertarse en el  interior unos latidos que, a simple vista, tú reconoces como propios; ese corazón que apenas late por la que te ha caído.

Pero el nivel sigue y sigue subiendo; y no sólo de intensidad, sino también de "piso" corporal; lo que antes ubicaba en su lugar habitual, en el pecho, ahora se había apoderado, de un amanera brutal, como si de un baluarte medieval se tratara arrasado por los bárbaros más bárbaros que jamás hayan existido, de tus sienes; y de ambas a la vez...

Y te tomas lo habitual en cada uno. Y piensas, queriéndote auto convencer de que en un par de minutos estarás nuevo; y Llegan y pasan; y el dolor sigue acompañándote casi como un acto solidario o la bienaventuranza de acompañar a los enfermos, tomada al pie de la letra.

Y el tiempo pasa y aquello queda, contradiciendo a Antonio Machado y, sobre todo, a la paz de cada cual; porque si algo tiene el dolor es que su machaconería termina por desquiciar al más pintado.

Llegas a casa con cara de acelga; la misma que te mira compasiva desde un plato hondo pidiendo clemencia; y se la concedes porque  no estás absolutamente para nada. Un par de vasos de agua para disolver la medicación que te has auto pautado, por delegación de las muchas veces que has pedido consejo y magia tu galeno.

Una cabezada rápida seguro que te despejará. No es así y te vas a trabajar, para "comerte el mundo", como te ha tratado de incentivar el jefe  casi de madrugada y cuando coges el pomo de la puerta del despacho, lo que suenan en tus oídos son timbales congoleños sin ningún tipo de ritmo que, al menos, te ponga el cuerpo de jota. Con j...le tienes, pero nada más.

Y en una repentina acción decides acudir a urgencias; ese reducto al que todos acudimos casi siempre en el peor momento; o porque realmente ya no hay vuelta atrás o porque decidimos visitarlo a ver si ese uñero se ha infectado o no...

Y cuando estás dando tus datos personales a la amable escribiente de turno, las luces del techo se desploman sobre tu aquejada cabeza y ...se hace la oscuridad...

Lo siguiente que empiezas a percibir son otras luces que pasan muy deprisa y borrosamente, intentas reconstruir una situación que tu propia cabeza no recuerda y entre una mirada acuosa percibes la silueta de las personas que se esfuerzan por arrastrar el túmulo rodante en el que te han empotrado; a duras penas consigues leer en una chapita, valga el símil, "Neuróloga" y le miras y te viene a la cabeza, o lo que queda que aún rinda de ella, algo que has leído en algún sitio, así de pasada y que venía a decir: “Los y las pacientes con migraña prefieren a sus neurólogos o neurólogas rubios o rubias”...definitivamente, aquél no era mi día; bajo el gorrito aséptico de su uniforme de campaña, sobresalía, exuberante, un hermoso mechón pelirrojo...

No lo debía de tener muy claro la residente de neurología o sí; pero para cuidarse en salud, en la suya naturalmente, me dejó ingresado toda aquella noche. Los medicamentos pautados y mucho más fuertes y en vena, hicieron el efecto inmediato que se les requiere para todas las ocasiones que, por mínimo que se el dolor, exigimos que nos lo quite de golpe; y los milagros existen pero de cuando en vez.

Una escasa cena para cubrir el expediente y tras un guiño a la auxiliar para que oyera el potente rugido de mis tripas, tuvo como respuesta que, incluso en Urgencias, me pudiera llevar un hospitalario yogur a la boca; que lo engulló con la avidez de quien lleva atravesando el desierto cuarenta días con sus cuarenta noches; y esto no es un símil.

Me dormí. En el box en el que me aparcaron estaba sólo. Debía de ser una "noche de urgencias buena". Ronqué. No me oí, pero cuando me despertaba a  ciertos intervalos de tiempo, la sequedad de mi garganta delataba mis iniciaciones cantoras.

Hacia las cuatro de la madrugada las cortinas de mi box se descorrieron y ante mí apareció la figura reconocible de la persona que me había otorgado con su magia el placer de no sentir ni el más ligero dolor y, envalentonado sin ese peso, el cuerpo me pedía salir pitando de aquél lugar e irme, directamente, a cantarle las cuarenta a mi jefe, al que consideraba el autor material de que a mí me hubiera dolido tanto la cabeza.

Iba a argumentar estos pensamientos a mi neuróloga con el fin de ablandar su corazón y tratar de conseguir que me mandara para mi casa pitando, pero  cuando le miré, esta vez con mejor visión y mantuve su mirada, el cruce con un par de bellísimos ojos verdes hizo temblar a unas piernas que, curiosamente, no estaban soportando el resto de mi osamenta; pero temblaban, vaya si temblaban...

Y, otra vez la cabeza se puso a funcionar a toda pastilla, valga el símil, a la velocidad que estaba entrenada para hacerlo, y me trajo, de sopetón, otra frase, más melodiosa, que había escuchado muchas veces..."aquellos ojos verdes..."

¿Migrañas? ¿Quién?...¿yo?... ¡Qué va! ¡Por Dios!

Con todo y, por si acaso colaba, pedí, sin éxito, estar un par de días más en aquél box de urgencias...


Para el Concurso de Relatos Breve GECSEN, 2016.



El Covadonga


Era uno de los tres o cuatro bares que existían desde siempre en aquél precioso pueblo noble y costero del norte de España. Veraniego por naturaleza y en el que sus habitantes se transformaban en tres o cuatro veces más durante los meses del estío.

Su historia, sus monumentos, y una playa coqueta y segura, se unían al encanto natural de unos paisajes, francamente, inigualables. Aunque, he de decir, que en esta historia soy parte interesada; porque a ese lugar de ensueño, acudíamos verano tras verano a pasar nuestro largo mes de asueto playero.

Y cuando el día se vencía, aún cuando sin llegar todavía el crepúsculo, mis padres con sus tres hijos se encaminaban, tras la consabida merienda campestre si la bondad del día lo había propiciado, hacia el centro de reunión por excelencia del lugar. El "Alma Mater", socialmente hablando, de la vida del pueblo; la plaza en la que se asentaban tres de los cuatros bares, de amplias terrazas, que contribuían, en gran medida, a interrelacionar a los diferentes veraneantes llegados a la preciosa localidad de allende las Españas; y en el que resultaba curioso, del que hacíamos un juego los niños, descubrir sus lugares de procedencia por la forma de arrastrar las palabras o las expresiones que utilizaban al dirigirse a ti.

De los tres, mi padre eligió, desde el primer momento, El Covadonga. Fiel a su idea de huir de todo lo que fuera parafernalia y un boato un tanto absurdo;  se inclinó por un local, pintado su pared hasta casi la mitad de su altura de color naranja y la otra media revestida por un forro de madera de color verde botella. La mitas superior, la de color naranja, se adornaba con dibujos, como si con tinta china negra se hubieran delineado, que reproducían casonas y monumentos típicos de la villa montañesa; silueteados por un contorno metálico. Y, seguramente, también terminó por decantarse de por vida por aquél café la pulcritud y, sobre todo, el trato que desde el primer momento recibimos por parte del dueño y del camarero del café, los añorados Cuco y Borreguero.

En la terraza de aquél "nuestro café", se paraban y terminaban por sentarse en nuestra mesa algunos compañeros de profesión de mi padre, destinados en otras ciudades que la nuestra pero que el veraneo les servía como nexo de unión y sobre todo de puesta al día de qué era la vida de fulano o de mengano; en un interés personal que, en la milicia, no caía en el cotilleo; era una manera franca y verdaderamente de interés por saber si el tal fulano o mengano habían tenido suerte en su nuevo destino o si seguían siendo tan cascarrabias o no; a la par que, en un exceso, se tomaban un café de más si alguno de los contertulios había ascendido de rango en el empleo durante aquél invierno.

Pero, además, El Covadonga, a diferencia de los otros dos bares de aquella plaza que perdía su nombre oficial por el que todo el pueblo la conocía, "El Corro"; o, para ser más exactos, "El Corru", como la llamaban los queridos lugareños, era el mercado de interrelaciones entre veraneantes y oriundos de la villa. Y era frecuente ver en nuestra mesa de contrachapado en la terraza exterior, si no llovía, o en las marmoladas con forjadas patas de hierro, en el interior, cuando el tiempo ejercía de lo que, por aquellos tiempos del cuplé era lo correcto, llover muchos días del verano; pero al norte no se va sólo a tostarse a una playa, por mucho que apetezca. Como digo era frecuente contar con un buen número de las fuerzas vivas de la localidad compartiendo cafés y churros con nosotros alrededor de cualquiera de los dos tipos de mesas.

Y para mi familia, las fuerza vivas, no eran, precisamente, las autoridades del lugar; ni mucho menos. Mi padre huía, no por ser una persona huraña, pues era todo lo contrario, sino por su percepción humilde de la vida y de todo lo que fuera el compadreo de la política de aquellos tiempos y, mucho más de las fortunas creadas "al pairo" de la "Nueva España" que había surgido tras el desarrollo industrial que se estaba dando en los años sesenta.

Y nuestras queridas fuerza vivas, se solían circunscribir a un par de hermanas dueñas de la casa donde veraneaban unos tíos nuestros, un par de amigas de ellas, el peluquero y concejal durante algunos años del ayuntamiento del pueblo, un querido filántropo, solterón y forrado de dinero, al que me encantaba escuchar sus andanzas por Filipinas, y ¡cómo no! a nuestra querida Fe, la de Calzados La Goma, quien nos ponía al corriente de todo lo que pasaba en el precioso pueblo pues su local, era como la taberna medieval en la que los transeúntes intercambiaban historias de los confines del entonces universo conocido.

Y tantos otros personajes, el lechero, que nos regalaba céntimos de plástico franceses devaluados tras el mayo del 68, el dueño de la otra zapatería de más empaque, Manuela, Nandina, la entrañable Nandina, Paquita la farmacéutica...y un corto pero selecto etcétera que nos brindaron su amistad de por vida y que contribuyeron, sin duda, a que alrededor de una humeante taza de café, los que tenían edad para hacerlo, comprendieran mejor a aquellas gentes y, sobre todo, a que la familia en pleno, llevara para siempre a Comillas en su corazón.

Curiosamente, mi padre Explorador desde niño, hoy Boy Scout, para nuestras meriendas campestres, se había procurado un simple bote que guardaba en las entrañas de una rocas enclavadas hoy en lo que fue en su día la ampliación del camping,  en las que depositaba y hervía su café, negro como el carbón, y disfrutar de nuestras familiares tertulias, trasladando, de esa manera, el embrujo del café tradicional a un lugar abierto, a veces lloviznando, en el que el mar estaba presente por el norte y en la montaña se apoyaban nuestras espaldas mientras saboreábamos aquél hirviente café...de bote.


Para el I Premio Relato Corto Café Gosoa. Cafés GOSOA.

Remembering


Cual hordas de otros siglos, ya pasados; olvidados si no fuera por la Historia que les guarda esculpidos en sus hojas, vuelven hoy, en nuestros días, a invadir otra vez el Occidente, abandonando su llanuras o montañas, ríos , valles, sus hogares en pos, esta vez, de una palabra que atenaza sus gargantas: ¡vivir!

Y esta vez no vienen, a priori, a conquistarnos; llegan a impulsos de los pinchazos que unas afiladas cimitarras les procuran en sus espaldas haciéndoles huir, desesperadamente, hacia la simple libertad de subsistir.

Ahora, hay que pedir, que el Atila de turno, figurado por supuesto, no esté a este lado del Danubio. De la misma manera, hay que aprender de los errores y tamizar, en un sutil combinado de celo y dosis de generosidad, que nos entren los menos posibles bárbaros de allende los mares...o desiertos.


Para la Primavera de Micro-relatos Indignados, 2016. La colina naranja.

¡Se busca!


Precisamos ¡con presteza!
una mente con ingenio,
capaz de sacar el tedio
que ocupa nuestra cabeza.

Alguien que haga sonreír
con agudeza de miras
lejos de temples e  iras
pero de inteligente fluir.

Otro Francisco, de ahora,
con otra barba lampiña,
espesa o corta o niña
pero de pluma cantora.

Un poeta de lo usual,
o lo divino o mundano
un literato, cercano,
un juglar de lo casual.

Nada de falsos profetas
que juegan a trovadores
diciendo que son cantores
cuando son,  acaso, jetas.

Reivindico otro Quevedo
que con una rosa diga,
si el poema tiene miga
o es pan duro sin molledo.

Si fuera mucho pedir
estoy dispuesto a penar
con tal de, por fin, lograr
de esta apatía huir.


Para el XXXVI Certamen Poético Internacional Orden Literaria Francisco de Quevedo. Villanueva de los Infantes. (Ciudad Real).

Salieron a pasear


Los dos buenos amigos llevaban planeando aquél "paseo" una larga temporada.

Quedaban, regularmente, para ir proponiéndose, el uno al otro, las innovaciones que a cada cual se le ocurría, quitando o poniendo objetivos durante el trayecto y agregando, la mayoría de las ocasiones, la visita a tal o cual destino amparándose en la socorrida frase de "ya que estamos allí..."

No era nada anormal; llegados al punto de planificar una excursión; en todas  siempre surge tal disyuntiva.

Y un amanecer de un día que amenazaba con comportarse extremadamente caluroso, dieron ese  primer "pequeño paso para el hombre", pero grande para el proyecto que, ambos amigos, se habían propuesto llevar a cabo: caminar.

Y salieron del casco urbano de su ciudad, preciosa y  aún fresca a esas horas, para buscar los primeros senderos polvorientos que les permitieran transitar hacia Navarrete, primer núcleo urbano  que, tras atravesarle, recorrer el sendero matizado a ambos lados de las particulares tonalidades rojizas de una tierra que mece entre sus brazos el dulce madurar de la garnacha tinta moradora esencial del territorio de la Rioja Alta.

De lejos, sobre el altozano, se apiñan las casas que componen el municipio en torno a la iglesia de La Asunción, en claro gesto de ampararla ante cualquier eventualidad. Más, casi en un traspiés,  la villa de claro vestigio medieval, nos dice adiós llena de nostalgia.

Los pies, esas extremidades cómodamente calzadas, no dudan en quejarse ante cualquier atisbo que les procure descanso o, siendo maliciosos, ante cualquier oportunidad que, transmitida por el cerebro, sirva de pretexto para saciar los apetitos más lujuriosos de una mente, la humana, que admite ese adjetivo para justificar cualquier cosa, por insignificante que sea, que le permita tener un rato de solaz disfrute.

Y entrar en Nájera, cumple las expectativas más exigentes de nuestro intelecto.

Santa María la Real, monasterio por excelencia entre sus iguales, recibe al visitante con la majestuosidad de quien soporta en sus espaldas gran parte de una historia común a todos los pueblos que componen esta inmensa península.

La Casa Palacio de los Condes de Rodezno; la de los Cantabrana; la del Duque de Nájera, El Alcázar, vestigios arquitectónicos que, día a día testimonian un pasado de abolengo de una ciudad que lucha por conservar.

La iglesia de Santa Elena, o la de la Madre de Dios...y desde lo alto, El Vigía, con su castillo de La Mota, homónimo de otro mucho más al sur, desvencijado, prosigue con su labor eterna de centinela de la plaza.

Los dos amigos se pierden por las calles de la villa, zalameramente, tomándose su tiempo mientras saborean los caldos y tapas del lugar. Caldos tintos que acarician las gargantas maridando con particular simbiosis, con los caracoles del lugar o con un plato de caparrones verdes, aderezados con unas rodajas de su sabroso chorizo.

Más, los caminantes, prosiguen el camino. Antes de abandonar el municipio, alegran a sus quejumbrosos pies con una inmersión en las aún fría aguas del río Najerilla, que, voluntarioso, requiebra la tierra del lugar, ofreciéndoles el precioso don del agua que fertiliza su vega.

Con el último mirar atrás, descubren el flujo de gente que se arremolina en torno de un albergue...

Las mochilas zahieren las espaldas, poco acostumbradas a ser maltratadas, de aquellos dos hombres; pero no les corta un ápice para proseguir y sobre todo, enfrentarse, con el siguiente tramo; veintiún kilómetros que toman el pulso de unas piernas aún poco predispuestas para el ejercicio que se las va a exigir.

Enseguida está Azofra, con la vega del rio Tuerto; luego Cirueña, casi de refilón, y entre las sucesivas ondulaciones del paisaje, termina por dejarse ofrecer a la vista de la pareja de trotamundos, la ambiciosa torre barroca de su catedral.

Entran en la localidad, con la borrachera que provoca la continua presencia de monumentos y que sus cabezas, por muchas veces contemplados, aún son incapaces de secuenciar y traducir a datos que puedan ser procesados por sus cerebros duros..

Agudizan sus oídos al creer escuchar, como con sordina,  el canto apagado de un gallo antes de ser condimentado...

Deambulan por sus calles perdiéndose en los brazos de su tabernas y buscando, desesperadamente, unas sábanas que, esa noche, troquelen sus pies amorosamente, para que ellos amanezcan con el ímpetu necesario de empezar otra etapa de un viaje del que todavía, ambos amigos, no son conscientes...

Pero, de sopetón, ambos atan cabos. Acaban de pronunciar sin darse cuenta, mientras saboreaban el humeante café  de la madrugada, la palabra que describe su propósito y su meta...."etapa".

Ahora eran conscientes de que, su excursión, era mucho más que eso...estaban en el Camino. Alguien, de pasada, les comentó que se le llamaba el  Camino Francés ¡qué atrevimiento!...llamar francés a una tierra rojiza que formaba parte desde sus ancestros a otras tierras, con otros vasallos y señores, con otras enseñas y pendones...

¡Hacia Santiago, compañero!


Para el V Concurso de Relatos Breves, Una Historia en el Camino. Asociación Cultural Padre Serapio. Bercianos del Real Camino. (León).