martes, 4 de noviembre de 2014

Decidir



Palabra muy misteriosa,
yo diría que engorrosa,
unipersonal, sin duda,
según la propia fortuna
de ésta o aquella persona.

Primordial vocablo, seña
de una libertad que empeña
la propia vida humana;
la coloquial, la mundana,
aquella que nos diseña.

Todas las Cartas Sublimes,
te invitan a que animes
a tu ego, queriendo
decidir, diciendo,
que tú ni gritas ni gimes.

Más, tú sabes la certeza,
la tienes en la cabeza:
que, decidir, es exponerte,
como un simple cuerpo inerte,
a una extraña pureza.

Decidir, tomar partido,
lo mejor siempre ha sido;
pero has de saber, hermano,
quién te quitará la mano
por "haberte" confundido.

No temas, eres valiente;
piensa que, al menos, tu gente
seguirá siempre a tu lado,
como un velero anclado
en el puerto de tu mente.

Los demás...¡qué nos importan!
si lo piensas, nos aportan
en muchos casos "simpleces"
que huelen, incluso a heces
que el respirar entrecortan.



Presentado al V Certamen Internacional de Poesía Yolanda Sáenz de Tejada.  Excmo. Ayuntamiento de El Bonillo (Albacete)

Luna llena de agosto



Llena, repleta, reventona,
te luces estos días, asomada
al balcón universal
que es el cielo.
Mil miradas se vuelven, con recelo,
a escudriñar tu rostro astral,
mientras te encuentras anclada,
con tu carita pintona.



Presentado al XXX Premio de Poesía Cafetín Croché, 2014. San Lorenzo de El Escorial. (Madrid).

Final



Llegar a viejo no es malo;
peor es sentirse aislado,
sin follones ni disputas,
simplemente... no disfrutas.

Lánguidamente te apagas,
sin evitar ese trance,
dando tiempo a que te alcance
la ancianidad con más ganas.

Miras con miedo a lo hecho,
viendo tu tierra en barbecho
¡mal bagaje en tu morral!
si, acaso, es el final.



Presentado al XXX Premio de Poesía Cafetín Croché, 2014. San Lorenzo de El Escorial. (Madrid).

¿Estamos todos?



¿Estamos todos?
Amigo mío
anda el camino;
deja estos lodos
que, como lobos,
siguen tu rastro,
como el padrastro,
molesto, inquino,
mal inquilino
cuando me arrastro,
sólo, sin tino,
algo cansino,
hasta el camastro.



Presentado al XXX Premio de Poesía Cafetín Croché, 2014. San Lorenzo de El Escorial. (Madrid).

Marcas



La etiqueta
de chaqueta,
te mancilla, cual capilla
y, te aprieta
y encorseta
por la "Milla"
de la moda, que te pilla,
por chuleta.

Como un atleta
que brilla,
tira ponto de la anilla
y abre raudo la sombrilla,
para llegar a la meta,
cuando suene la trompeta
y, acaudilla,
contra todo el que decreta,
una rebelión ¡puñeta!
que, casi siempre, mancilla
la etiqueta
o... la presilla.


Presentado al XXX Premio de Poesía Cafetín Croché, 2014. San Lorenzo de El Escorial. (Madrid).

Hacia el mar



Y el río se precipita, baja rápido, encabritado, saltando de peña en peña, regando todos los prados que a su paso se exhiben verdes, intensos, fecundos, dispuestos a dar forraje al ganado, ganado el de aquí, vacuno, llenando de alfombra amarilla de color de manzanilla toda entera tu campiña.
Salta y resalta con aire de su sutil importancia, llevando a cabo esta danza que, a los ojos del humano, parece tender la mano, franca, fuerte, con nobleza de la que siempre presume el pueblo llano asturiano.
Brinca y repica en las rocas junto a las níveas cabritas locas que apriscan en esas cumbres: altas, pétreas, roquedales, donde tus pastores duros hacen lumbres otoñales antes de bajar , de nuevo, a sus casas a sus lares.
Sella con un beso ciego, tu nombre con el entorno que, más abajo, en lo hondo, dejarás allí tu huella con descensos de canoas, piraguas y otras barcas a donde competir vienen de éstas o aquellas ciudades, enormes, universales.
Treinta y siete pueblos forman, hermanados, apiñados, el Concejo que arropa con pegamento, tu Sella, con buril y con garlopa, la perla de la Corona, cercana de la Patrona, Covadonga de Asturias, de España. llegas ya más relajado tras entrar por Fríes, Santianes, Omedina, con tu carrera felina, pura sangre, cristalina, abrazas estos lugares por Pelayo protegidos, contra invasores cetrinos, conocidos como árabes.
Dejas que, Llovio, te acoja con respeto, con cariño, como si fueras su niño que juegas entre su vega, a arrullarte mientras pasas con nanas de bisabuela.
Prosigues, siempre adelante, más pausado, más sin tregua, camino de la vitola que cada año se asoma en los primeros de agosto, con forzudos campeones que luchan contra tus aguas, por lograr ser los primeros en conquistar los trofeos; trofeos de triunfadores.
Y es que estamos en Arriondas; salida tradicional de la prueba, sin igual, de tu descenso, y pienso que en el mundo entero saben que ahí, en Asturias tienen un río, un río Sella, que se asemeja a una estrella.
Llegamos al municipio, que es primordial, es principio visitar con mucha calma, explorando así el alma de este bonito Concejo. La playa, el mar, los paseos, sidrerías que deleitan al turista o viajero; al que le va "la movida" u oír a un buen gaitero, que todo tiene un momento , en esta villa de cuento.
Tu río abraza el agua, ahora envuelta, salobre, enriqueciendo, no pobre, las especies de tus potes; se convierte en Ría, el río, y desde la orilla mira mientras te adentras en olas que parecen banderolas de los juegos malabares que rindes a tu Patrona.
 Virgen de la Guía, auxilia a tu gente pescadora y resguarda en tu manto a todo aquél peregrino, sea asturiano o vecino, que pase por ahí de camino a visitar a otro santo.

No se puede uno negar, a buscar cualquier momento para volver al lugar, en sí, todo un monumento, pero su gente lo es más.

Presentado al XII Certamen de Relato Corto “Guilleromo González”, 2014. Asociación Cultural Amigos de Ribadesella. Ribadesella (Asturias)

Huérfano






La escena no tenía nada de especial; cristales, pequeños cascotes y polvo; elementos repetidos en cantidad de sitios y lugares, en cantidad de casas.
Si no fuera, porque allí aparecía un elemento diferenciador como de cuento de niños: un zapato, blanco.
La cabeza, inmediatamente, desengrasó su oxidada memoria y reconstruyó, vagamente, las andanzas de una fregona convertida en princesa por una noche.
Y el elemento acusador, uno, se encontraba abandonado en aquellos mosaicos de terrazo con dibujos geométricos en varios tonos azules.
El zapato de princesa apuntaba hacia la puerta, única escapatoria para su propietaria quien, escasos minutos antes, había materialmente volado por los aires, destrozada su espalda por la metralla, por una granada de algún bando irracional, que simplemente, había visto moverse una sombra.
La peligrosa sombra tenía quince años y unos preciosos ojos azules con trenzas rubias. Quince años de ilusiones, de vida, de paz, de colegio, de amigos, que quedaron en stop, para siempre, en la retina de la historia. Una historia, además, anónima; sólo para computar víctimas.
No fue rápida su muerte. Eso sólo ocurre en las películas con el fin de que los actores tengan, el tiempo justo, para "hacer escena". La pequeña se desangró lentamente, sin tener ni siquiera, la posibilidad de quejarse o alzar la voz para que alguien la socorriera.
No es ético morirse así a los quince años; sin tan siquiera poder lanzar un juramento a los cuatro vientos contra tus asesinos. No es justo. Es de poco gusto. Es inmoral.
Y mientras las fuerzas  la flaqueaban en aquel rincón al que había sido empujada tan violentamente, fuera de plano, incluso ya casi de la vida, recordaba las caras y los juegos de los niños con los que jugaba todos los día desde pequeña.
Con esos que compartía libros, secretos, confidencias y, aquellas primeras miradas, emocionadas y cargadas de pasión, casi angelicales, de aquél muchacho de ojos verdes, un año mayor que ella que la miraba y remiraba al amparo de una columna, cuando los mayores no estaban cerca; y que, un día, a la salida del colegio, pasó junto a ella, casi desplazándola y depositó, en su manto, una preciosa margarita sucia por el polvo rojizo del camino.
La niña guardó aquél tesoro entre las hojas del libro de texto de lectura y, todos los días, acariciaba la cada vez más reseca flor, recordando con un sobresalto el pequeño empujón recibido al dárselo el muchacho.
El niño, cada vez se prodigaba menos por las clases; hasta que dejó de ir.
Apareció un día con un grupo, reclutando niños para que se inmolaran por Alá; sus ojos verdes se cruzaron con los azul intensos de la niña y, por un momento, se dilataron y, en alguna medida, recobraron cierto brillo, perdido por los caminos recorridos, en los últimos tiempos, por el aún imberbe.
Rápidamente , desvió la vista de la pequeña, concentrándose en las máximas que había elegido, esa mañana, para convencer a los posibles adeptos.
Dos perlitas , transparentes como el hielo a punto de derretirse, resbalaron perezosas por las mejillas de la niña. Esa criatura se acababa de dar cuenta que los príncipes azules suelen convertirse en gordos y papudos sapos con mayor frecuencia que al contrario. Esa niña, de un sopapo, se despegaba para siempre de la virginal candidez de niña; para conocer la sinrazón del corazón cuando amas a alguien y él, por Alá o por Buda o por Dios, decide separarse de los que, hasta entonces, ha convivido desde niño,  en pos de un lugar, no se sabe dónde, rodeado de huríes, como así se lo han explicado en la madrasa.
Y la nueva, recién estrenada mujer al haberla sido arrebatada tan brutalmente su infancia, se desangraba a golpes de los, cada vez, más lentos y débiles latidos de su corazón. Ese mismo que había saltado y acelerado, feliz, ante aquellas miradas, ahora, se paralizaba, lentamente, recordando la última, que casi no lo fue; pero que en la que acaso, con ella la estaba pidiendo perdón por los acontecimientos que iban a acontecer.
Y eran los previsibles para todos; hasta los niños, casi en sus genes, parecen llevar el marchamo de que en cualquier esquina, una granada, ráfaga de ametralladora o una bomba explosionada salvajemente en un mercado, en un colegio, en un parque infantil, ¡da lo mismo! cercenarán sus piernas, brazos o la propia vida a capricho del humor con el que se haya levantado el Señor de la Guerra de turno;  Señor de la Muerte, sea cual sea su bando, credo político o religioso.
Y la cara, aún angelical, luchaba por no cerrar todavía esos ojitos; por mantenerlos abiertos con la esperanza de poder volverlos a cruzar con aquellos otro, verdes y que la pudieran dar una explicación de lo ocurrido.
Una sombra, alargada, provenía del hueco donde antes se ubicaba una puerta. Se adelanta hacia ella, dubitativa; su cuerpo se estremece; ya viene. Se agacha ante ella y coge  una de sus cuidadas manos entre las suyas... no, no...no es la muerte...quizá peor...esos ojos verdes...es él.
La transmite calor; calor ambiguo de amor y odio, de querer entender y no encontrar sentido a lo ocurrido; de mujer y niña,; de vida y muerte, mezclado, sin definiciones claras, de tonos grises, de polvo, cristales, sangre con vergüenza que se mantiene fuera de plano... de muerte en el ambiente... de zapato huérfano...
Con esfuerzo, busca entre su manto el libro de lectura y de entre sus páginas, saca una pequeña margarita seca, ajada, maltrecha y que, a duras penas, consigue dársela al portador de aquellos ojos verdes.
No ha lugar a más. No hay más. Se desvanece sin mueca, sin expresión, sin dolor, ya no lo hay, sin vida, calladamente, sin haber podido decir nada a aquella sombra, o ¿tal vez sí?
Se puso de pie y caminó hacia la luz, la sombra. En su mano una la flor marchita;  volvió su rostro. Lloró.

La instantánea quedó así impresa, en el azul de la cerámica.


Presentado al IX Concurso ARS CREATIO “Una Imagen en Mil Palabras", 2014.   Excmo. Ayuntamiento de Torrevieja. Instituto Municipal de Cultura Joaquín Chapaprieta y la Asociación Cultural Ars Creatio. Torrevieja (Alicante)